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HISTORIAS DE LA RUTA 66: El Cadillac Ranch de Amarillo, Texas

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7 Mar, 2023
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HISTORIAS DE LA RUTA 66: El Cadillac Ranch de Amarillo, Texas

por | Mar 7, 2023 | RUTA 66, TEXAS

A Stanley Marsh 3 le gusta llamar la atención.

Banquero, magnate del helio y ejecutivo de la televisión, Marsh nació en una acaudalada família dedicada al petróleo y al gas, pero fue más conocido por ser un excéntrico ( y bromista ) filántropo de las artes y, sobre todo, por encargar el proyecto de arte público conocido como Cadillac Ranch, un extraño conjunto escultórico de participación pública que recoge una colección de 10 Cadillacs antiguos semi enterrados con el morro hacia arriba y cubiertos de grafitis… Su contribución más conocida al mundo del arte.

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Una postal antigua del Cadillac Ranch, en Amarillo, Texas. Foto: 66postcards.com

Stanley Marsh 3 fue el tercero de una línea sucesoria  de Stanleys Marsh. El hecho de que utilizara un 3 en lugar de III para dar a conocerse, se debe a que consideraba que los números romanos eran pretensiosos.

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Postal antigua del Cadillac Ranch, en Amarillo, Texas. Foto: 66postcards.com

La idea de crear un llamativo homenaje a la cultura estadounidense del automóvil  surgió de las inquietudes artísticas y filantrópicas de  Stanley Marsh 3, un extravagante millonario y mecenas local decidido a pasar a la historia de la forma más notoria posible.

Para  satisfacer su ego y su afán de notoriedad, donó para la causa un campo de trigo junto a la Ruta 66 en Amarillo, Texas, un presupuesto de $3,000 y contactó con un grupo de incipientes artistas de San Francisco conocidos como Ant Farm.

Los artistas del Art Farm recorrieron depósitos de chatarra y tiendas de coches usados en busca de modelos de Cadillacs que representaran la epoca dorada de los automóviles norteamericanos.

El excéntrico millonario también estaba detrás de una serie de falsas señales de tráfico esparcidas por todo Amarillo que ofrecían frases crípticas, citas filosóficas, imágenes o, en ocasiones, simplemente enunciados sin sentido. Mensajes como «El camino no termina», «Nunca serás el mismo» o «Avestruz X-ing», en conjunto, eran conocidos por el nombre de MUSEO DE LA DINAMITA, el “único museo del mundo que no está encerrado entre 4 paredes”.

En los años 50, los norteamericanos disfrutaban de una considerable bonanza económica. Y el Cadillac, con sus cromados, su brillante pintura exterior, su reconocido motor de combustión interna de 8 cilindros, sus neumáticos radiales y su insaciable apetito de combustible,  encarnaba como ningún otro la cultura del éxito. Marsh deseaba que su particular homenaje a la cultura estadounidense del automóvil llamara poderosamente la atención. Para ello contactó con  un emergente grupo de artistas de San Francisco conocido como Ant Farm. Su idea consistía en enterrar a 10 Cadillacs de época (modelos del 49 al 63), con el morro hundido en un campo de trigo y orientados hacia el oeste, de la misma forma en que lo hacen las pirámides de Keops en Egipto.  Y para conseguir un mayor impacto su tributo debía ser colocado a lo largo de la Calle Mayor de Norteamérica, que en 1974  ya era un icono por si misma.   
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La obra finalizó en 1974 y en seguida el Cadillac Ranch, literalmente una obra hecha de automóviles abandonados, se convirtió en una de las atracciones de carretera más fotografiadas del país, quedando vinculado para siempre a la mítica y mágica Ruta 66. 

Pero, paradógicamente, los mismos sueños que inspiraron la creación del conjunto escultórico del Cadillac Ranch, ahora quedan parcialmente enterrados de 2.5 metros de profundidad, recordando, de alguna manera, el deterioro de la cultura automovilística en Estados Unidos.

Y es que en lo que respecta a la construcción de automóviles, las tres históricas grandes compañías fabricantes, hace tiempo que dejaron de ser líderes.

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Cada uno de los visitantes llegaba hasta la escultura con su propio propósito:  hacerle fotografías, deteriorarla con graffitis, escribir sobre ella o cantar canciones que la citen (incluso Bruce Springsteen le dedicó una canción).
En 1997, la ciudad de Amarillo había crecido tanto que a Marsh le preocupó que la expansión urbana pusiera en peligro el estado de su obra, por lo que desplazó los diez Cadillacs a su ubicación actual, unos 3 km más al oeste por la I-40, dejando atrás diez enormes agujeros y un cartel que mostraba el lado más bromista de Marsh: “tumbas sin nombre a la venta o en alquiler”.

El Cadillac Ranch no es sólo un tributo al automóvil clásico estadounidense, sino que celebra con nostalgia (y un poco de kitsch) la cultura del consumismo, la reverencia casi enfermiza a la carretera y, ¿por qué no? también sirve como un recordatorio metafórico de la naturaleza fugaz de la vida.