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Los liquidadores de Chernóbil

El mismo día del accidente de la central nuclear de Chernóbil se inició un proceso masivo de contención y descontaminación en el que se estima que participaron unas 600.00 personas. Se les conoció como liquidadores y muchos de ellos se expusieron a dosis letales de radiación. Durante los meses posteriores a la catástrofe, los liquidadores desbordaron los hospitales de todo el país. Algunos murieron en horas o semanas... Otros asumirían algún tipo de discapacidad crónica. No lo hicieron por el dinero, ni por la fama, de la que tuvieron bien poca. Lo hicieron por responsabilidad, por humanidad y porque alguien tenía que hacer ese trabajo.
Los liquidadores de Chernóbil
21 Dic, 2021
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LOS LIQUIDADORES DE CHERNÓBIL, HÉROES A SU PESAR… 

Con rigurosidad pero sin ninguna pretensión docente, lo que viene a continuación no es sólo una respuesta a la pregunta básica sobre qué pasó realmente en Chernóbil, sino que también es la historia de sus verdaderos héroes:

Historias como las de los bomberos que, entre vómitos y diarreas,  subieron al mítico tejado de la central para apagar desde ahí el incendio, los pilotos que detenían sus helicópteros justo encima del reactor abierto para vaciar sobre él los compuestos de arena y boro, los mineros e ingenieros que trabajaron en los túneles, los hombres que retiraron del tejado unos escombros furiosamente radioactivos, los que evacuaron a la población, los grupos especiales de caza que patrullaban las ciudades, el campo y los bosques con escopetas para matar a todos los animales de la zona, los que demolieron pueblos enteros casa por casa y sepultaron sus escombros, los que limpiaban por las noches las máquinas y los vehículos cubiertos de polvo radioactivo o los miles de trabajadores y arquitectos que levantaron el sarcófago alrededor de la central nuclear…

Esta fue la clase de hombres, y no pocas mujeres, que algunos han señalado como turba ignorante y patética. Es más, casi todos sufrieron efectos secundarios de por vida, y gran parte de ellos murieron por enfermedades relacionadas directamente con la radiación.

Estos fueron los liquidadores de Chernóbil

La madrugada del 26 de abril de 1986, a las 1:23, una serie de explosiones destruyeron el reactor nº 4 de la central nuclear de Chernóbil. Una prueba de seguridad mal ejecutada, culminó en el mayor desastre nuclear de la historia de la humanidad.

Central nuclear de Chernóbil

Vista aérea de la central nuclear de Chernóbil en una imagen tomada dos o tres días después del accidente. El reactor número 4 ardió durante 10 días, esparciendo hasta 200 toneladas de material radioactivo

Las víctimas directas fueron, sobre todo, los empleados de la central y los bomberos que trataron de contener el fuego. En el momento de la explosión murieron 2 trabajadores de la planta. Otros 29, entre trabajadores y bomberos, morirían en los dos meses siguientes. Todos recibieron enormes dosis de radiación y tenían quemaduras potencialmente mortales.

Más de 100.000 personas fueron casi inmediatamente evacuadas y una enorme nube radiactiva cubrió una gran parte de Europa. Nunca antes se había librado una guerra contra un enemigo invisible.

Minimizar los efectos de la catástrofe, además de requerir grandes esfuerzos, iba a suponer el sacrificio de muchas vidas humanas.

Los liquidadores de Chernóbil

El mismo día del accidente se inició un proceso masivo de contención y descontaminación en el que se estima que participaron unas 600.000 personas, aunque no existe un registro oficial de todos los participantes.

El nombre oficial de la operación de limpieza fue «liquidación de las consecuencias del accidente de Chernóbil».  Y a los obreros se les conoció como liquidadores.

Y tenían un trabajo imposible. 

Las partículas radiactivas, que son invisibles y no tienen sabor ni olor, lo contaminan todo y no pueden ser destruidas. Sólo enterradas o selladas. Con esa finalidad, los liquidadores no sólo recogieron residuos radioactivos, sino que arrasaron cultivos, talaron bosques, mataron animales o enterraron pueblos enteros. 

Los primeros en llegar al reactor siniestrado fueron los bomberos y el personal militar de la central nuclear, junto con los bomberos de las ciudades vecinas de Prípiat y Chernóbil.

Para limpiar los residuos radioactivos que se encontraban dispersos por la zona, las autoridades soviéticas movilizaron personal militar y civil:  oficiales, soldados, reservistas, bomberos, científicos, tropas terrestres y aéreas, ingenieros de minas, geólogos, mineros del uranio y cualquier tipo de especialista de la industria nuclear.

También se reclutó a todo un ejército de voluntarios dispuestos a ayudar. 

Liquidador Chernóbil

Grupos de liquidadores limpiando las capas de polvo radioactivo que lo cubrían todo.

Héroes pero también víctimas

Muchos de los liquidadores se expusieron a dosis letales de radiación. Durante los meses posteriores a la catástrofe, los liquidadores desbordaron los hospitales de todo el país. Algunos murieron en horas o semanas… Otros asumirían algún tipo de discapacidad crónica.

No lo hicieron por el dinero, ni por la fama, de la que tuvieron bien poca. Lo hicieron por responsabilidad, por humanidad y porque alguien tenía que hacer ese trabajo. El resignado Boris Shcherbina de Chernobyl (HBO) apela a la responsabilidad de los 3 trabajadores de la central que tenían que vaciar las piscinas subterráneas:  “Porque hay que hacerlo…”

Un ejército que actuó con determinación y responsabilidad

Se ha escrito mucho sobre los liquidadores de Chernóbil. Muchas opiniones van en la línea de que fueron engañados con promesas o algún tipo de incentivo para ellos o sus familias. De que desconocían el riesgo que corrían.

En contra de los que muchos piensan, los liquidadores no eran, ni mucho menos, una pandilla de ignorantes que se limitaban a cumplir órdenes a ciegas. Es de ineptos  imaginar que un ejército así hubiera hecho un trabajo tan extraordinario con tanta determinación y responsabilidad. Esas personas sacrificaron sus vidas para que toda Europa no se convirtiera en un solar. Soportaron calor, hambre y sed para asegurar el fuego y contener la radioactividad que estaba en todas partes. Mataron animales ( el polvo radiactivo se podía almacenar en su pelaje y propagarse allá donde fueran. Sellaron casas y sepultaron pueblos enteros.

Y sí, conocían el riesgo que corrían, al menos en parte. Nadie en su sano juicio ignora los peligros de un reactor nuclear destrozado cuyo contenido ves brillar ante tus ojos. Los liquidadores acudieron, sabían lo que tenían ante sí, y a pesar de ello realizaron su trabajo de manera heroica hasta el estremecimiento.

Salvo a los soldados, sometidos a disciplina militar, a nadie se le prohibía coger sus cosas e irse si no quería seguir allí. Y casi nadie lo hizo. Es más, muchos de ellos llegaron como voluntarios desde toda la URSS, especialmente muchos estudiantes y posgraduados de las facultades de física e ingeniería nuclear.

La extinción del incendio

“No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero… Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba como si fuera resina. Sofocaban las llamas y él, mientras reptaba. Subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardiente con los pies… Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal”.

Testimonio de Ludmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko. Extraído de VOCES DE CHERNÓBIL, Svetlana Alexiévich.

    Los bomberos

    El primer paso para la liquidación del accidente fue controlar y extinguir el incendio en el reactor.

    Los primeros en llegar fueron los bomberos y el personal militar de la central nuclear, junto con los bomberos de las ciudades vecinas de Prípiat y Chernóbil. Durante las primeras horas, desconocían que había estallado el reactor. Y no lo sabían porque nadie lo sabía. La misma lógica errónea de los responsables de la instalación que provocó el accidente les hizo creer que había estallado el intercambiador de calor, no el reactor, y así lo informaron tanto al personal que acudía como a sus superiores. 

    Ignorando las causas del incendio, acudieron sin equipos de protección especial y se movieron libremente por toda la zona, absorbiendo dosis mortales de radiación. Vertieron millones de litros de agua sobre las entrañas ardientes del ruinoso reactor, lo que contribuyó a empeorar las consecuencias del siniestro, pues el agua se vaporizaba instantáneamente al tocar el núcleo fundido y salía disparada hacia la estratosfera en forma de grandes nubes de vapor que el viento arrastraba en todas direcciones.

    Aún en esas condiciones, el comportamiento heroico de los bomberos durante las tres primeras horas del accidente evitó que el fuego se extendiera al resto de la central. Casi todos ellos murieron fulminantemente a las pocas horas. Ellos fueron los primeros liquidadores y los primeros héroes de Chernóbil. 

    Los primeros síntomas de la radiación eran vómitos, náuseas y diarrea, que preceden a un periodo de latencia. Un tiempo después aparecían síntomas más graves, como el deterioro de la médula ósea y unas terribles quemaduras que agujereaban la carne hasta el hueso.

    2 trabajadores de la planta murieron en la explosión del reactor. 27 pacientes, entre trabajadores y bomberos, fallecieron en el hospital durante las primeras horas. Todos recibieron enormes dosis de radiación y tenían quemaduras potencialmente mortales.

    DURANTE 15 AÑOS, LAS AUTORIDADES SÓLO RECONOCIERON AQUELLAS PRIMERAS 28 VÍCTIMAS. 

    Los helicópteros

    El primer acercamiento en helicóptero evidenció la magnitud del desastre. En el núcleo, expuesto a la atmósfera, el grafito ardía al rojo vivo, mientras que el material combustible y otros metales se habían convertido en una masa líquida incandescente. La temperatura alcanzaba los 2.500 °C y en un efecto chimenea, impulsaba el humo radiactivo a una altura considerable.

    Al tercer día, una flota de más de 800 helicópteros despegó de Moscú con la misión lanzar sobre el ardiente núcleo del reactor toneladas de boro y arena para enfriarlo. Debían sofocar el fuego y sellar el reactor para limitar las emisiones radioactivas que se expandían por el aire.  Sólo entonces podrían empezar con el resto de las labores.

    Pero sobrevolar el reactor era imposible. Las fuertes corrientes de aire radioactivo procedentes de la central impedían hacerlo con seguridad, así que se las tuvieron que ingeniar para lanzar acertadamente las 6.000 toneladas de arena y boro que tenían que sofocar el grafito ardiente y absorber los aerosoles radioactivos. 

    Cada día se realizaban cientos de vuelos sin descanso. En uno de esos vuelos, un helicóptero chocó contra una grúa y cayó en el mismo boquete del reactor. Tanto el aparato como sus tripulantes continúan allí.

    600 pilotos recibirían dosis letales de radiación. 

    El agujero finalmente se cerró, pero bajo el gigantesco tapón, seguía habiendo toneladas de combustible nuclear ardiendo. Habían cubierto el fuego, pero lo no lo habían sofocado, así que sobrevolar el reactor en helicóptero no bastaba… Tenían que acercarse más. 

    El problema del agua escancada

    Cuando el fuego quedó extinguido por fin, no sólo había pasado la contaminación al aire, sino que ahora tenían un gran problema en las piscinas de seguridad bajo el reactor: la gran cantidad de agua acumulada bajo el reactor. 

    Una fotografía aérea reveló que había grietas en lo que quedaba del núcleo del reactor.  Y es que, a estas alturas del siniestro, el bloque de cemento que había por debajo de la masa incandescente surgida tras la explosión corría el riesgo de resquebrajarse y filtrar la lava hacia las aguas estancadas en el sótano del edificio. Básicamente, el peso del magma provocaría que la estructura del reactor cediera, empujando la lava radioactiva hacia las cámaras subterráneas, ahora inundadas.

    Y en el edificio había suficiente cantidad de ambos materiales como para volar toda la planta de Chernóbil

    Es decir, si el magma entraba en contacto con el agua se desencadenaría una reacción en cadena que podría causar una segunda explosión de vapor mucho más devastadora que la primera. Toda la radioactividad de la central nuclear más potente de Europa liberada. Una explosión que acabaría también con los otros tres reactores. Una detonacCapaz de expandir la contaminación radioactiva irremediablemente por todo el continente europeo y de cobrarse miles de vidas en cuestión de horas.

    Si esto hubiera ocurrido, la zona de exclusión hoy no ocuparía un radio de 30 km, sino todo el continente. Los cálculos más dramáticos estiman que hubiera acabado con la vida de 50 millones de personas y que Europa entera hubiera quedado inhabitable durante los próximos 500.000 años.

    Tras evaluar la situación, era necesario vaciar las piscinas subterráneas.

    Y era una tarea suicida.

    La función de las piscinas de seguridad, o piscinas de burbujas, situadas en los dos niveles inmediatamente por debajo del reactor, era contener agua por si fuera necesario refrigerar el reactor y evacuar el vapor procedente del mismo en caso de emergencia. 

    En condiciones normales no era una tarea complicada. Las esclusas se abrían con una sencilla orden al ordenador que gestionaba la central, pero con los sistemas de control destruidos, eso era imposible.

    Así pues, la única manera de hacerlo era manualmente. El problema era que el sótano estaba inundado y las válvulas  dentro de la piscina, bajo el agua, cerca de un fondo lleno de escombros altamente radioactivos. Con este panorama, había que encontrar a tres voluntarios que entraran en los cimientos inundados del reactor, se adentraran en un oscuro pasillo lleno tuberías, válvulas y agua hasta las rodillas, localizaran la válvula que abriera las compuertas que dejaban pasar el agua acumulada y salvaran a Europa de poco menos que el apocalipsis. Y todo ello con un descomunal monstruo radioactivo sobre sus cabezas.

    Los mineros

    Una vez solucionado el problema del agua, había que aproximarse al reactor por la única vía posible, la subterránea. Ahora el país necesitaba mineros.

    El 12 de mayo de 1986, los mineros de Tula, una población a 100km de Chernóbil, recibieron la visita de una representante del Kremlin con el encargo de excavar un túnel desde el bloque 3 al bloque 4 y luego construir una cámara para colocar un complejo dispositivo de refrigeración con nitrógeno líquido para enfriar el reactor.

    En 24h se pusieron a trabajar, y en un mes llegaron 10.000 trabajadores de las regiones mineras de Rusia y Ucrania para construir el túnel.  Sus edades estaban comprendidas entre los 20 y los 30 años. 

    Para reducir su exposición, los mineros tenían que llegar a los 12m de profundidad antes de iniciar el camino hacia el reactor incendiado. El túnel no tendría ventilación y en su interior se alcanzarían temperaturas de hasta 50°C, con una radioactividad de al menos 1 roentgen por hora. Tenían que trabajar muy rápido, sin equipos de protección, con falta de oxigeno y con un calor abrasador.

    Los mineros cumplieron con su misión pero el sistema de refrigeración nunca se llegó a instalar. El espacio subterráneo para tal fin se llenó con cemento para reforzar la estructura.

    Oficialmente se dijo que cada uno de aquellos hombres recibió una radiación de entre 30 y 60 roentgens, pero se cree que, en realidad, podría haber sido hasta 5 veces superior. Una cuarta parte de ellos murió alrededor de los 40 años de edad. 2500 vidas sacrificadas que no aparecerían en ninguna estadística. 

    El sarcófago

    Ocho semanas después de la explosión, los liquidadores abordaron otro problema fundamental.

    Aunque a estas alturas el fuego en la central nuclear parecía estar bajo control, las ruinas del reactor y las toneladas de escombros altamente radioactivos todavía estaban expuestos a los elementos. Era extremadamente urgente que se cubriera la estructura y se limpiara la zona.

    Los organismos oficiales soviéticos decidieron construir un sarcófago especial. Una colosal estructura de acero  y hormigón que aislara el reactor accidentado. Un reto monumental de 170 metros de largo t 66 de alto, blindado con 100.000 de hormigón, que había que levantar en un lugar dónde los trabajadores sólo podían permanecer unos minutos para no recibir una dosis mortal de radiación. Otra situación en la que había que improvisar y poner en riesgo nuevas vidas. 

    La radioactividad era tan alta en ese sector, que sólo podían trabajar máquinas por control remoto, aunque alguien las tenía que llevar hasta allí primero. Así que los conductores dejaban las máquinas a 20 metros del reactor destruido y volvían corriendo a refugiarse en un rudimentario camión blindado con plomo.

    Pero, de nuevo, surgió un problema que paralizó las obras…

    El tejado de la central y los bio-robots

    El tejado de la central estaba cubierto de trozos de grafito altamente contaminado y tenían que deshacerse de él antes de continuar con la construcción de la estructura.

    El grafito envolvía las barras del reactor y salió despedido con la explosión. Uno sólo de esos pedazos emitía radiación suficiente como para matar a alguien en menos de una hora.

    Encima del tejado, la radiación era demasiado alta, por lo tanto, sólo se podían utilizar robots teledirigidos.  Estos empujarían  los escombros con los pedazos de grafito hasta el suelo, 60 metros más abajo. Allí otros robots los recogerían y los enterrarían en zanjas.

    Y lo hicieron hasta que, con el tiempo, los robots dejaron de funcionar. La radioactividad afectaba también a sus circuitos electrónicos, volviéndolos locos y paralizándolos. Hasta uno de ellos se precipitó al vacío.

    Las máquinas ya no eran útiles, así que se decidió llevar a hombres, que fueron bautizados como bio-robots.

    Los liquidadores de chernóbil

    Soldados trabajando sobre el tejado del reactor

    Los liquidadores de chernóbil

    Robots como este, quedaron inutilizables debido a la radiación.

    Cuando sonaba la sirena, los equipos de bio-robots se apresuraban a entrar en el tejado para recoger con una pala los escombros radioactivos con la mayor rapidez posible y lanzarlos al vacío. Los relevos se hacían cada 10 minutos y cada soldado sólo podía permanecer en el tejado unos 45 segundos, el tiempo justo para arrojar dos paladas de residuos cada vez. 

    El infierno duró dos semanas y media y, según las autoridades, en la limpieza del tejado participaron unas 3.500 personas. Algunos subieron hasta 5 veces. 

    Lo más terrible es que estos hombres arriesgarían sus vidas para reducir la radiación en el tejado sólo un 35%

    Durante la operación aérea en Chernóbil, al menos 600 pilotos quedaron mortalmente contaminados por la radiación (algunos de ellos hicieron más de 30 vuelos en un mismo día). 

    El infierno duró dos semanas y media y, según las autoridades, en la limpieza del tejado participaron unas 3.500 personas. Algunos subieron al tejado hasta 5 veces.

    A finales de octubre, la limpieza había concluido y el sarcófago hermético estaba terminado. Calcularon una vida útil de 30 años. En la operación participaron más de 5.000 personas, civiles y militares. Como acto simbólico se colocó una bandera de la URSS en lo alto del edificio. Una representación del triunfo sobre la radioactividad.

    Una victoria agridulce, puesto que el país nunca se recuperaría.

    Sarcófago Chernóbil

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