CARRETERAS INFINITAS

Los liquidadores de Chernóbil

El mismo día del accidente de la central nuclear de Chernóbil se inició un proceso masivo de contención y descontaminación en el que se estima que participaron unas 600.00 personas. Se les conoció como liquidadores y muchos de ellos se expusieron a dosis letales de radiación. Durante los meses posteriores a la catástrofe, los liquidadores desbordaron los hospitales de todo el país. Algunos murieron en horas o semanas... Otros asumirían algún tipo de discapacidad crónica. No lo hicieron por el dinero, ni por la fama, de la que tuvieron bien poca. Lo hicieron por responsabilidad, por humanidad y porque alguien tenía que hacer ese trabajo.
Los liquidadores de Chernóbil
21 Dic, 2021
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VISITA A LA ZONA DE EXCLUSIÓN DE CHERNÓBIL

Los liquidadores de Chernóbil, héroes a su pesar…

Con rigurosidad pero sin ninguna pretensión docente, lo que viene a continuación no es sólo una respuesta a la pregunta básica sobre qué pasó realmente en Chernóbil, sino que también es la historia de sus verdaderos héroes:

Historias como las de los bomberos que, entre vómitos y diarreas,  subieron al mítico tejado de la central para apagar desde ahí el incendio, los pilotos que detenían sus helicópteros justo encima del reactor abierto para vaciar sobre él los compuestos de arena y boro, los mineros e ingenieros que trabajaron en los túneles, los hombres que retiraron del tejado unos escombros furiosamente radioactivos, los que evacuaron a la población, los grupos especiales de caza que patrullaban las ciudades, el campo y los bosques con escopetas para matar a todos los animales de la zona, los que demolieron pueblos enteros casa por casa y sepultaron sus escombros, los que limpiaban por las noches las máquinas y los vehículos cubiertos de polvo radioactivo o los miles de trabajadores y arquitectos que levantaron el sarcófago alrededor de la central nuclear…

Esta fue la clase de hombres, y no pocas mujeres, que ataviados, en el mejor de los casos, con simples delantales de plomo cerraron aquella herida que amenazaba nuestro mundo. Con su valor pusieron freno a una catástrofe sin precedentes dejándose, literalmente, la vida o sufriendo los terribles efectos de enfermedades relacionadas directamente por la radiación. 

Sin los liquidadores, hoy Ucrania y Bielorrusia serían una zona muerta y puede que la mitad de la población europea hubiese tenido que desplazarse de sus hogares.

Estos fueron los liquidadores de Chernóbil

26 de abril de 1986, accidente de la central nuclear de Chernóbil

La madrugada del 26 de abril de 1986, a las 1:23, una serie de explosiones destruyeron el reactor nº 4 de la central nuclear de Chernóbil. Una prueba de seguridad mal ejecutada, culminó en el mayor desastre nuclear de la historia de la humanidad.

Central nuclear de Chernóbil

Vista aérea de la central nuclear de Chernóbil en una imagen tomada dos o tres días después del accidente. El reactor número 4 ardió durante 10 días, esparciendo hasta 200 toneladas de material radioactivo

Los liquidadores de Chernóbil

El mismo día del accidente se inició un proceso masivo de contención y descontaminación en el que se estima que participaron unas 600.000 personas, aunque no existe un registro oficial de todos los participantes.

El nombre oficial de la operación de limpieza fue «liquidación de las consecuencias del accidente de Chernóbil».  Y a los obreros se les conoció como liquidadores.

Y tenían un trabajo imposible. 

Las partículas radiactivas, que son invisibles y no tienen sabor ni olor, lo contaminan todo y no pueden ser destruidas. Sólo enterradas o selladas. Con esa finalidad, los liquidadores no sólo recogieron residuos radioactivos, sino que arrasaron cultivos, talaron bosques, mataron animales o enterraron pueblos enteros. 

Los primeros en llegar al reactor siniestrado fueron los bomberos y el personal militar de la central nuclear, junto con los bomberos de las ciudades vecinas de Prípiat y Chernóbil.

Para limpiar los residuos radioactivos que se encontraban dispersos por la zona, las autoridades soviéticas movilizaron personal militar y civil:  oficiales, soldados, reservistas, bomberos, científicos, tropas terrestres y aéreas, ingenieros de minas, geólogos, mineros del uranio y cualquier tipo de especialista de la industria nuclear.

También se reclutó a todo un ejército de voluntarios dispuestos a ayudar. 

Liquidador Chernóbil

Grupos de liquidadores limpiando las capas de polvo radioactivo que lo cubrían todo.

Héroes pero también víctimas

Muchos de los liquidadores se expusieron a dosis letales de radiación. Durante los meses posteriores a la catástrofe, los liquidadores desbordaron los hospitales de todo el país. Algunos murieron en horas o semanas… Otros asumirían algún tipo de discapacidad crónica.

No lo hicieron por el dinero, ni por la fama, de la que tuvieron bien poca. Lo hicieron por responsabilidad, por humanidad y porque alguien tenía que hacer ese trabajo. El resignado Boris Shcherbina de Chernobyl (HBO) apela a la responsabilidad de los 3 trabajadores de la central que tenían que vaciar las piscinas subterráneas:  “Porque hay que hacerlo…”

Un ejército que actuó con determinación y responsabilidad

Se ha escrito mucho sobre los liquidadores de Chernóbil. Muchas opiniones van en la línea de que fueron engañados con promesas o algún tipo de incentivo para ellos o sus familias. De que desconocían el riesgo que corrían.

En contra de los que muchos piensan, los liquidadores no eran, ni mucho menos, una pandilla de ignorantes que se limitaban a cumplir órdenes a ciegas. Es de ineptos  imaginar que un ejército así hubiera hecho un trabajo tan extraordinario con tanta determinación y responsabilidad. Esas personas sacrificaron sus vidas para que toda Europa no se convirtiera en un solar. Soportaron calor, hambre y sed para asegurar el fuego y contener la radioactividad que estaba en todas partes. Mataron animales ( el polvo radiactivo se podía almacenar en su pelaje y propagarse allá donde fueran. Sellaron casas y sepultaron pueblos enteros.

Y sí, conocían el riesgo que corrían, al menos en parte. Nadie en su sano juicio ignora los peligros de un reactor nuclear destrozado cuyo contenido ves brillar ante tus ojos. Los liquidadores acudieron, sabían lo que tenían ante sí, y a pesar de ello realizaron su trabajo de manera heroica hasta el estremecimiento.

Salvo a los soldados, sometidos a disciplina militar, a nadie se le prohibía coger sus cosas e irse si no quería seguir allí. Y casi nadie lo hizo. Es más, muchos de ellos llegaron como voluntarios desde toda la URSS, especialmente muchos estudiantes y posgraduados de las facultades de física e ingeniería nuclear.

La extinción del incendio

Testimonio de Ludmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko.

“No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero… Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba como si fuera resina. Sofocaban las llamas y él, mientras reptaba. Subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardiente con los pies… Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal”.   

VOCES DE CHERNÓBIL, Svetlana Alexiévich

El primer paso para la liquidación del accidente fue controlar y extinguir el incendio en el reactor.

Los primeros en llegar fueron los bomberos y el personal militar de la central nuclear, junto con los bomberos de las ciudades vecinas de Prípiat y Chernóbil. Durante las primeras horas, desconocían que había estallado el reactor. Y no lo sabían porque nadie lo sabía. La misma lógica errónea de los responsables de la instalación que provocó el accidente les hizo creer que había estallado el intercambiador de calor, no el reactor, y así lo informaron tanto al personal que acudía como a sus superiores. 

Ignorando las causas del incendio, acudieron sin equipos de protección especial y se movieron libremente por toda la zona, absorbiendo dosis mortales de radiación. Vertieron millones de litros de agua sobre las entrañas ardientes del ruinoso reactor, lo que contribuyó a empeorar las consecuencias del siniestro, pues el agua se vaporizaba instantáneamente al tocar el núcleo fundido y salía disparada hacia la estratosfera en forma de grandes nubes de vapor que el viento arrastraba en todas direcciones.

Aún en esas condiciones, el comportamiento heroico de los bomberos durante las tres primeras horas del accidente evitó que el fuego se extendiera al resto de la central. Casi todos ellos murieron fulminantemente a las pocas horas. Ellos fueron los primeros liquidadores y los primeros héroes de Chernóbil. 

Carreteras Infinitas

Cuando alguien recibe una dosis masiva de radiación, lo primero que siente son dolores intestinales, náuseas, vómitos, diarrea y un intenso dolor de cabeza. Son los síntomas iniciales que preceden a un periodo de latencia en el que parece haber una mejoría física. Un tiempo después, aparecen síntomas más graves, como el deterioro de la médula ósea, la caída del cabello y unas terribles quemaduras que agujerean la carne hasta el hueso. 

Dos trabajadores de la planta murieron en la explosión del reactor. 29 personas más fallecieron en el hospital durante las primeras horas. Todos recibieron enormes dosis de radiación y tenían quemaduras potencialmente mortales.

DURANTE 15 AÑOS, LAS AUTORIDADES SÓLO RECONOCIERON AQUELLAS PRIMERAS 31 VÍCTIMAS. 

El primer acercamiento en helicóptero evidenció el panorama dantesco que se veía desde el cielo. En el núcleo, expuesto a la atmósfera, el grafito ardía al rojo vivo, mientras que el material combustible y otros metales se habían convertido en una masa líquida incandescente. La temperatura alcanzaba los 2.500 °C y en un efecto chimenea, impulsaba el humo radiactivo a una altura considerable.

Al tercer día, una flota de más de 800 helicópteros despegó de Moscú con la misión lanzar sobre el ardiente núcleo del reactor toneladas de boro y arena para enfriarlo. Debían sofocar el fuego y sellar el reactor para limitar las emisiones radioactivas que se expandían por el aire. 

Sólo entonces podrían empezar con el resto de las labores…

Carreteras Infinitas

Valeri Legasov es el primero que comprende lo que de verdad ha ocurrido. El reactor estaba abierto, emitiendo su carga letal a la atmósfera. También es el primero en solicitar con urgencia la evacuación inmediata de todos los seres humanos en 50 km a la redonda. 

No le harían caso. Amparándose en no alertar a la población, las autoridades deciden silenciarlo. 

La férrea burocracia y el KGB lo impiden y miles de mujeres, niños y ancianos permanecen un día y medio sometidos a la lluvia radioactiva. Juegan en los parques, se sientan en los bancos, toman el sol e incluso se montan en la noria del flamante parque de atracciones que aún está por abrir y que, aquel día, como una maniobra más de distracción abriría sus puertas. 

… Pero las fuertes corrientes de aire radioactivo procedentes de la central impedían sobrevolarlo con seguridad, así que se las tuvieron que ingeniar para lanzar acertadamente las 6.000 toneladas de arena y boro que tenían que sofocar el grafito ardiente y absorber los aerosoles radioactivos. 

Cada día se realizaban cientos de vuelos sin descanso. En uno de esos vuelos, un helicóptero chocó contra una grúa y cayó en el mismo boquete del reactor. Tanto el aparato como sus tripulantes continúan allí.

600 pilotos recibirían dosis letales de radiación. 

Pero, de nuevo, surgió un problema… No bastaba con cubrir el fuego en el agujero. La situación en el tejado del reactor era catastrófica.

El tejado de la central y los bio-robots

El techo estaba cubierto de trozos de grafito altamente contaminado y tenían que deshacerse de él antes de continuar con las demás labores de liquidación. Tenían que llegar acceder a él y sobrevolarlo de cerca era imposible. 

La radioactividad era tan alta en ese sector, que sólo se podían emplear artefactos por control remoto. Estos empujarían  los escombros con los pedazos de grafito hasta el suelo, 60 metros más abajo. Allí otros robots los recogerían y los enterrarían en zanjas.

Esa era la idea, utilizar robots inteligentes, aparatos diseñados para la exploración lunar que cuya función sería recoger muestras de grafito radioactivo y lanzarlos al vacío. 

Había un inconveniente. Alguien los tenía que llevar hasta allí primero. Se utilizaron rudimentarios camiones blindados con plomo cuyos conductores dejaron las máquinas a 20 metros del reactor destruido y volvían rápidamente a refugiarse. 

Carreteras Infinitas

El grafito envolvía las barras del reactor y salió despedido con la explosión. Uno sólo de esos pedazos emitía radiación suficiente como para matar a alguien en menos de una hora.

Y lo hicieron hasta que, de repente, los robots dejaron de funcionar. La radioactividad afectaba también a sus circuitos electrónicos, volviéndolos locos y paralizándolos. Incluso uno de ellos se precipitó al vacío.

Las máquinas ya no eran útiles. No había más remedio entonces que utilizar a hombres, que fueron bautizados como bio-robots.

Se pasaría de la tecnología punta de la época a personas de carne y hueso vestidas con toscos trajes de plomo que ellos mismos se fabricaban y armados solamente con una pala. Hombres que caminarían hacia una muerte segura.

El plomo y las máscaras conocidas como morros de cerdo eran su única defensa, su único escudo antes de adentrarse en el siniestro tejado del rector número 4. 

Su misión tan breve como peligrosa. Se colocarían aquellos trajes de 35 kg de peso, subirían a toda prisa hasta la azotea y allí esperarían su turno para salir corriendo hacia el exterior de aquel infierno invisible de radiación. Tres minutos de trabajo recogiendo y lanzando al vacío humeantes escombros. 

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Allí arriba, en el tejado, podía haber más de 10.000 roentgens/h, una cantidad demencial, absolutamente incompatible con la vida humana (la dosis letal era de 500 R/h). 

A muchos soldados se les permitió conmutar su servició militar, que era de dos años, por aquellos dramáticos 2 o 3 minutos en la azotea. Dos largos años en las trincheras de Afganistán a cambio de 3 minutos en el tejado de Chernóbil.

En esas condiciones, no fueron pocos los que accedieron. 

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LOS GATOS SOBRE EL TEJADO ardiente

Operaban al atardecer. Salían al tejado y medían la radiación. Comprobaron que esta no era homogénea, sino que se distribuía de forma caprichosa. A partir de la información obtenida trazaron unos mapas rudimentarios para que sus compañeros pudieran evitar aquellas manchas invisibles donde se podían alcanzar los 10.000 R/h. Permanecer a un metro de esas manchas era una muerte segura. 

Los liquidadores de chernóbil

Soldados trabajando sobre el tejado del reactor

Los liquidadores de chernóbil

Robots como este, quedaron inutilizables debido a la radiación.

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Cuando sonaba la sirena, los equipos de bio-robots se apresuraban a entrar en el tejado para recoger con una pala los escombros radioactivos con la mayor rapidez posible y lanzarlos al vacío. Los relevos se hacían cada 10 minutos y cada soldado sólo podía permanecer en el tejado unos 45 segundos, el tiempo justo para arrojar dos paladas de residuos cada vez. 

Lo más terrible es que estos hombres arriesgaron sus vidas para reducir la radiación en la azotea sólo un 35%.

Durante la operación aérea en Chernóbil, al menos 600 pilotos quedaron mortalmente contaminados por la radiación (algunos de ellos hicieron más de 30 vuelos en un mismo día). 

El infierno duró dos semanas y media y, según las autoridades, en la limpieza del tejado participaron unas 3.800 biorobots. Algunos subieron al tejado hasta 5 veces.

No sabemos si sobrevivió alguno de los que realizaron aquellas operaciones de 3 minutos sobre el techo del reactor, puede que no, pero nos quedamos con su determinación y su valentía. Su legado para la humanidad del futuro. Eso no podemos dejar que muera.

El  problema del agua estancada

Cuando el fuego quedó extinguido por fin, no sólo había pasado la contaminación al aire, sino que ahora tenían un gran problema en las piscinas de seguridad bajo el reactor: la gran cantidad de agua acumulada bajo el reactor. 

Una fotografía aérea reveló que había grietas en lo que quedaba del núcleo del reactor.  Y es que, a estas alturas del siniestro, el bloque de cemento que había por debajo de la masa incandescente surgida tras la explosión corría el riesgo de resquebrajarse y filtrar la lava hacia las aguas estancadas en el sótano del edificio. Básicamente, el peso del magma provocaría que la estructura del reactor cediera, empujando la lava radioactiva hacia las cámaras subterráneas, ahora inundadas.

Y en el edificio había suficiente cantidad de ambos materiales como para volar toda la planta de Chernóbil

Es decir, si el magma entraba en contacto con el agua se desencadenaría una reacción en cadena que podría causar una segunda explosión de vapor mucho más devastadora que la primera. Toda la radioactividad de la central nuclear más potente de Europa liberada. Una explosión que acabaría también con los otros tres reactores. Una detonacCapaz de expandir la contaminación radioactiva irremediablemente por todo el continente europeo y de cobrarse miles de vidas en cuestión de horas.

Si esto hubiera ocurrido, la zona de exclusión hoy no ocuparía un radio de 30 km, sino todo el continente. Los cálculos más dramáticos estiman que hubiera acabado con la vida de 50 millones de personas y que Europa entera hubiera quedado inhabitable durante los próximos 500.000 años.

Tras evaluar la situación, era necesario vaciar las piscinas subterráneas.

Y era una tarea suicida.

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La función de las piscinas de seguridad, o piscinas de burbujas, situadas en los dos niveles inmediatamente por debajo del reactor, era contener agua por si fuera necesario refrigerar el reactor y evacuar el vapor procedente del mismo en caso de emergencia. 

En condiciones normales no era una tarea complicada. Las esclusas se abrían con una sencilla orden al ordenador que gestionaba la central, pero con los sistemas de control destruidos, eso era imposible.

Así pues, la única manera de hacerlo era manualmente. El problema era que el sótano estaba inundado y las válvulas  dentro de la piscina, bajo el agua, cerca de un fondo lleno de escombros altamente radioactivos. Con este panorama, había que encontrar a tres voluntarios que entraran en los cimientos inundados del reactor, se adentraran en un oscuro pasillo lleno tuberías, válvulas y agua hasta las rodillas, localizaran la válvula que abriera las compuertas que dejaban pasar el agua acumulada y salvaran a Europa de poco menos que el apocalipsis. Y todo ello con un descomunal monstruo radioactivo sobre sus cabezas.

Los mineros

Una vez solucionado el problema del agua, había que aproximarse al reactor por la única vía posible, la subterránea. Ahora el país necesitaba mineros.

El 12 de mayo de 1986, los mineros de Tula, una población a 100km de Chernóbil, recibieron la visita de una representante del Kremlin con el encargo de excavar un túnel desde el bloque 3 al bloque 4 y luego construir una cámara para colocar un complejo dispositivo de refrigeración con nitrógeno líquido para enfriar el reactor.

En 24h se pusieron a trabajar, y en un mes llegaron 10.000 trabajadores de las regiones mineras de Rusia y Ucrania para construir el túnel.  Sus edades estaban comprendidas entre los 20 y los 30 años. 

Para reducir su exposición, los mineros tenían que llegar a los 12m de profundidad antes de iniciar el camino hacia el reactor incendiado. El túnel no tendría ventilación y en su interior se alcanzarían temperaturas de hasta 50°C, con una radioactividad de al menos 1 roentgen por hora. Tenían que trabajar muy rápido, sin equipos de protección, con falta de oxigeno y con un calor abrasador.

Los mineros cumplieron con su misión pero el sistema de refrigeración nunca se llegó a instalar. El espacio subterráneo para tal fin se llenó con cemento para reforzar la estructura.

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Oficialmente se dijo que cada uno de aquellos hombres recibió una radiación de entre 30 y 60 roentgens, pero se cree que, en realidad, podría haber sido hasta 5 veces superior. Una cuarta parte de ellos murió alrededor de los 40 años de edad. 2500 vidas sacrificadas que no aparecerían en ninguna estadística. 

El sarcófago

Ocho semanas después de la explosión, los liquidadores abordaron otro problema fundamental. El agujero finalmente se había cerrado, pero bajo el gigantesco tapón, seguía habiendo toneladas de combustible nuclear ardiendo.

Aunque a estas alturas el fuego en la central nuclear parecía estar bajo control, las ruinas del reactor y las toneladas de escombros altamente radioactivos todavía estaban expuestos a los elementos. Era extremadamente urgente que se cubriera la estructura y se limpiara la zona.

Los organismos oficiales soviéticos decidieron construir un sarcófago especial. Una colosal estructura de acero  y hormigón que aislara el reactor accidentado. Un reto monumental de 170 metros de largo t 66 de alto, blindado con 100.000 de hormigón, que había que levantar en un lugar dónde los trabajadores sólo podían permanecer unos minutos para no recibir una dosis mortal de radiación. Otra situación en la que había que improvisar y poner en riesgo nuevas vidas.  

A finales de octubre, la limpieza había concluido y el sarcófago hermético estaba terminado. Calcularon una vida útil de 30 años. En la operación participaron más de 5.000 personas, civiles y militares. Como acto simbólico se colocó una bandera de la URSS en lo alto del edificio. Una representación del triunfo sobre la radioactividad.

Una victoria agridulce, puesto que el país nunca se recuperaría.

Sarcófago Chernóbil

¿Cuántas víctimas dejó el desastre de Chernóbil?

Las víctimas directas fueron, sobre todo, los empleados de la central y los bomberos que trataron de contener el fuego.

Desde el momento del accidente hasta el año 2000, la cifra oficial era de 31 muertos, 2 trabajadores de la planta que murieron de forma instantánea a causa de la explosión y 29 personas más, entre bomberos y personal de la central, que morirían durante los cuatro meses siguientes a causa del llamado Síndrome Agudo por Radiación. Una cifra, por supuesto, manipulada.

La mayoría de los fallecidos fueron enterrados en el cementerio de Mitino en Moscú. Debido a la alta radiación, cada cuerpo permanece cerrado dentro de un ataúd de hormigón.

DURANTE 15 AÑOS, LAS AUTORIDADES SOVIÉTICAS SÓLO RECONOCIERON AQUELLAS PRIMERAS VÍCTIMAS. 

Muchos liquidadores recibieron dosis potencialmente mortales de radiación, pero las autoridades soviéticas obligaron a los médicos a relacionar las defunciones o las discapacidades con enfermedades anteriores de los pacientes. Nunca con Chernóbil.

Hay diversidad de opiniones en cuanto al número total de víctimas del accidente a largo plazo. Es imposible cuantificarlos a todos. No existen datos sobre la salud de la población en las regiones afectadas anteriores a 1986, no se conocen los niveles de radiación a los que estuvieron expuestos todos los individuos y no hay grupos de control con los que poder hacer comparativas.

Tampoco se ha podido determinar el número de casos de cáncer relacionados con el incidente de Chernóbil. No hay estudios científicos al respecto. La única excepción es el cáncer de tiroides entre aquellos que eran niños en el momento del accidente.  Entre 1992 y 2002 se diagnosticaron más de 4.000 casos, muchos de ellos debidos a la ingesta de leche materna contaminada. La mayoría fueron tratados y evolucionaron favorablemente, pero 15 fallecieron.

En 2006 Greenpeace recopiló informes propios de la ONU y de la OMS y sacaron a la luz la cruda realidad. Una cruda realidad parcial, dado que nunca se sabrá la cifra exacta. Según esta organización, desde 1986 entre 100.000 y 150.000 liquidadores habrían muerto por causas relacionadas con la exposición a la radiación.  Y se espera que hasta el año 2065 se diagnostiquen 150.000 nuevos casos de cáncer y que 16.000 personas hayan muerto por enfermedades relacionadas con el desastre. 

EN TOTAL, ENTRE HERIDOS, EVACUADOS, ENFERMOS, EVACUADOS, DESPLAZADOS… SE ESTIMA QUE UN TOTAL DE 10 MILLONES DE PERSONAS SE VIERON AFECTADAS POR EL DESASTRE DE CHERNÓBIL.

Además de las perdidas humanas, la flora de la zona se vio severamente dañada, acabando con bosques y áreas verdes. Una de las partes más afectadas fue el que hoy conocemos como Bosque Rojo, que hasta la fecha es una de las áreas más contaminadas del mundo. Todo rastro de vida animal que sobrevivió a la radiación fue perseguido como parte del programa  general de liquidación. 

El nuevo sarcófago seguro (NSS)

Treinta años después del accidente se inauguró el NUEVO SARCÓFAGO SEGURO, que pasaría a la historia por ser la mayor estructura móvil construida por el hombre hasta la fecha.

Su misión es sustituir a la estructura anterior, construida a contrarreloj por los liquidadores. Después de tres décadas de exposición, no sólo a la radioactividad, sino también a las nevadas, a las lluvias y a las ventiscas, su degradación era más que evidente.

El sarcófago, consistente en una descomunal bóveda con forma de arco, debe ser capaz de contener con mayor seguridad y garantías el reactor dañado. Además de evitar fugas de material radioactivo tiene que resistir a los elementos (incluyendo terremotos) durante al menos un siglo.

Nuestro recuerdo para todas aquellas personas que hicieron posible que este desastre no tuviera consecuencias planetarias. Hombres que hoy están enfermos, sino muertos,  y que han sido olvidados por aquellos que sí pusieron todos los medios para que la catástrofe no fuera conocida por el mundo. Héroes que sacrificaron sus vidas luchando contra el enemigo silencioso de la radioactividad. 

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