El Distrito financiero (I) : Wall Street, Battery Park, South Street Seaport

DOWNTOWN MANHATTAN

EL DISTRITO FINANCIERO, Wall Street, Battery Park, South Street Seaport

A primera hora del día, las bocas del metro expulsan a cientos de miles de corredores de Bolsa, agentes y empleados de banca que recorren la desordenada maraña de calles estrechas del distrito financiero, a la sombra de gigantescos rascacielos. Pero detrás de esta verticalidad y su permanente bullicio, este vecindario, conocido como FiDi por los lugareños, reserva muchas sorpresas:  Instantes de serenidad junto a un cementerio o frente a una cerveza exclusiva, son sólo algunos ejemplos.

Con la llegada del fin de semana y el cierre de la Bolsa, el corazón del mundo financiero deja de latir, pero no el barrio. Antiguamente el distrito financiera estaba poblado sólo de lunes a viernes, mayoritariamente por trajes y lobos de Wall Street, pero hoy los edificios de viviendas brotan como hongos y resulta que vivir el el FiDi nunca ha estado tan de moda. Eso sí, el paisaje inmobiliario del barrio es bastante prohibitivo.

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Wall Street en tonos vintage al atardecer (Fotografía de Maciej Bledowski)

Algunos datos históricos sobre el Distrito Financiero

El Distrito Financiero está situado en el mismo emplazamiento donde se asentaron los primeros colonos holandeses a mediados del s.XVII. Casi 1.000 personas y 120 casas de madera y ladrillo habitaban colonia de New Amsterdam, que floreció gracias a  las actividades comerciales de la poderosa Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Al sur, la pequeña ciudad estaba protegida por un fuerte y al norte por un muro de gruesos maderos, construido en 1653 entre los ríos Hudson y East para proteger la ciudad de posibles ataques indios.

En esta historia temprana de la ciudad, Peter Stuyvesant, que fue una figura clave para el desarrollo de la colonia. Sus éxitos como gobernador, el último antes de la cesión a los ingleses en 1664, incluyeron la expansión del asentamiento más allá de la punta sur de Manhattan, la construcción de la muralla de Wall Street y los canales que con el tiempo se convertirían en  Broad Street y Broadway.

Durante la dominación británica, la ciudad pasó a llamarse Nueva York, la casas coloniales de estilo georgiano, como la Fraunces Tavern, fueron sustituyendo progresivamente a las estrechas viviendas holandesas, se eliminó el muro de madera, se construyó el Ayuntamiento de la ciudad (hoy Federal Hall) y Wall Street se convirtió en una elegante arteria administrativa y residencial.

Después de la Guerra de la Independencia, la zona se llenó de tiendas y almacenes, se desarrollaron entidades de crédito y otros servicios bancarios y la floreció la especulación, especialmente después de 1860, con las actividades empresariales de los Vanderbilt, Goulds, Morgans y otros financieros, que contribuyeron a que Nueva York fuera sustituyendo gradualmente a Londres como la capital financiera del mundo.

De paseo por Wall Street y alrededores

Hoy en día, la pasión por la creación de riqueza se percibe en las calles y las oficinas de Wall Street, verdadero epicentro de la actividad económica del distrito y símbolo del poder financiero de la nación. 

Wall Street debe su nombre al muro levantado en 1653 para defender el asentamiento de New Amsterdam de los indígenas americanos. Cuando los ingleses derrotaron a los holandeses el muro se desmoronó hasta derruirse en 1699.

Allí donde esta se cruza con Broad Street, se sitúa el edificio de 8 plantas de la BOLSA DE NUEVA YORK, la New York Stock Exchange, cuya majestuosa fachada de columnas corintias  es reconocida de inmediato. 

El árbol de Wall Street

El árbol del número 68 de Wall Street. En aquellos tiempos, las operaciones se cerraban con un simple apretón de manos.

Su historia se remonta al 17 de mayo de 1792, cuando 24 inversores se reunieron bajo la amplia sombra de un plátano de Wall Street para comerciar con acciones y bonos, emitidos tanto por el gobierno como por algunas compañías privadas, y firmar el que se conoce como “Buttonwood Agreement”,  un acuerdo que incluía la eliminación de los intermediarios para las transacciones, el establecimiento de comisiones fijas de un 0,25% y un trato de favor para los corredores que fueran signatarios. 

Se había gestado la institución precursora de la Bolsa de Nueva York.

Con el tiempo, sus actividades pasaron a realizarse bajo techo, probablemente en tabernas, hasta que en la década de 1860, adquirieron unas oficinas en William Street. En la actualidad, los adrenalínicos agentes de bolsa negocian miles de millones de acciones de las más importantes empresas de los sectores industrial, financiero y de servicios de EE.UU.

Broad-Street - Bajo Manhattan

La New York Stock Exchange desde el Federal Hall.

Al pasear por Wall Street, es imposible no fijarse en la imponente estatua de bronce de George Washington que preside la entrada al histórico edificio del FEDERAL HALL y que señala el lugar donde, el 30 de abril de 1789, juró su cargo como primer presidente de los EE.UU.

Y es que en este pequeño Partenón que hoy parece fuera de lugar entre los mastodónticos edificios que lo rodean, el 4 de marzo de 1789 se reunió por primera vez el Congreso de la nación, siendo su sede hasta 1791, año en el que fue trasladado al Congress Hall de Filadelfia. 

En el interior del edificio, una elegante rotonda franqueada por 16 columnas de mármol coronada por una cúpula da paso a una exposición histórica gratuita en la que se incluyen objetos personales de Washington, un documental y, sobre todo, la biblia original sobre la que, no solamente el presidente juró su cargo, sino que también estuvo presente en la toma de posesión de Warren G. Harding en 1921, Dwight D. Eisenhower en 1953, Jimmy Carter en 1977 y George H. W. Bush en 2001, además de ser testigo de otros eventos históricos como la colocación de la primera piedra del Arco de Washington Square y la del pedestal de la Estatua de la Libertad.

Y si George Washington es testigo de la vibrante actividad de la Bolsa de Nueva York, también lo es LA NIÑA SIN MIEDO, una desafiante figura menuda de bronce que desde 2017 reivindica el poder de liderazgo de las mujeres en el mundo de la empresa.

LA NIÑA SIN MIEDO. Fearless Girl, la chica de bronce con cola de caballo, de pie y con las manos en las caderas, es una escultura de bronce creada por Kristen Visbal y encargada por State Street Global Advisors, una firma de servicios financieros, para llamar la atención sobre el liderazgo de la mujer en las empresas estadounidenses.

La estatua fue controvertida desde el principio.  La figura, que muestra una niña de 1.21 metros promoviendo el empoderamiento femenino, fue presentada el 8 de marzo del 2017 para celebrar el Día Internacional de la Mujer y se instaló desafiante frente al Charging Bull,  de Di Modica, en el extremo norte de Bowling Green.  La yuxtaposición de la pareja se convirtió en un éxito de selfies y en un nuevo símbolo del movimiento por la igualdad de género que no hizo ninguna gracia al escultor italiano. Este se quejó abiertamente de que la compañía explotaba comercialmente su obra de arte inspirando una connotación negativa que, antes de la aparición de la niña no tenía.  

Finalmente, la estatua fue retirada de su ubicación original para ser reinstalada frente al edificio de la Bolsa de Nueva York, su actual  emplazamiento. En su lugar, se instaló una placa con dos huellas de pisadas, sugiriendo los visitantes adoptar su valiente pose.

Con la polémica, se calcula que la estatua generó 7,4 millones de dólares en publicidad gratuita para la entidad financiera. 

Pero más allá de inversores y enormes rascacielos de oficinas, en este barrio bullicioso también hay espacio para las calles estrechas y tranquilas. Entre ellas, y como detenida en el tiempo, hay una pequeña calle adoquinada y peatonal que se llena de vida al caer la tarde: Stone Street, de la que se dice que fue la primera calle de la ciudad en ser pavimentada.

Además de ser una de las más bonitas de la ciudad, es también una de las calles más animadas, sobre todo por las tardes, cuando los trabajadores salen de sus oficinas y llenan todos los bares y restaurantes. Y, en cuanto llega el calor, los negocios sacan las mesas al exterior y ocupan toda la calle, lo que le da un aire de lo más festivo.

experienciencia inolvidable : TOMAR UNA CERVEZA EN FRAUNCES TAVERN, 54 PEARL ST.

Construida en 1719 como hogar del líder colonial Etienne de Lancey, antepasado de la prominente familia neoyorquina que dio nombre a Delancey Street, en el Lower East Side,  esta hermosa casa de ladrillos ocres y rojos constituye el mejor ejemplo de la ciudad en cuanto a arquitectura británica se refiere.

Samuel Fraunces adquirió el edificio en 1765 y lo transformó en una taberna en la que se reunían los soldados revolucionarios. Precisamente por eso, el establecimiento fue uno de los objetivos de los cañones británicos durante la Guerra de la Independencia.

Con el tiempo, la taberna pasaría a la historia por ser el lugar donde el gobernador George Clinton celebró con una comida la evacuación británica de Nueva York en 1783 y el sitio en el que, en diciembre del mismo año, el General Washington ofreció el elocuente discurso de despedida a sus tropas antes de retirarse de la actividad pública y volver a la vida rural de Virginia.

“Con el corazón lleno de amor y gratitud, me despido de ustedes. Deseo ardientemente que sus días venideros sean tan prósperos y felices como gloriosos y honorables han sido los precedentes”

( visto en perspectiva, la decisión de Washington fue precipitada, puesto que 6 años más tarde se convertiría en el primer presidente de la nación.)

Los incendios del s.XIX dejaron el edificio en ruinas, y lo que quedó fue adquirido en 1904 por los Hijos de la Revolución, una organización que reúne a los descendientes de los americanos que lucharon en la Guerra y dedicada a mantener viva la memoria de la rebelión. Ellos se encargaron de reconstruirlo y de replicar varios de sus salones originales para recobrar el aspecto que tenían en 1783.

Hoy en día todavía es posible visitar su interior e incluso comer o tomar algo en un ambiente  que conserva el aire de la época (presumen de ofrecer 130 variedades de cerveza artesanal y más de 200 clases de whisky). En el segundo piso, hay un museo con más de 3 mil objetos, pinturas y documentos relativos a la Nueva York colonial, a la revolución americana y a los primeros años de Estados Unidos como país. Entre sus curiosidades, un mechón de pelo de George Washington.

Trinity Church

Encajada entre los enormes rascacielos del Lower Manhattan, esta deliciosa iglesia  se ha ganado el corazón de la comunidad financiera. No es raro ver a ejecutivos de Wall Street sacudirse las tensiones al mediodía en el mismo lugar que acoge el eterno de algunos notables estadounidenses.

En 1698 se abrió al culto la primera Trinity Church, una modesta capilla rural coronada por una aguja. En 1705 la Reina Ana otorgó a la la parroquia anglicana de Trinity una serie de tierras, convirtiéndola en una de las mayores terratenientes de  Manhattan.

Cuando el ejército británico ocupó Nueva York en 1776, la estructura original de la iglesia fue destruida por un incendio. Esta primera iglesia permaneció en ruinas hasta que en 1790 fue sustituida por otra, cuyo techo se hundió en 1839 tras no sobrevivir a una enorme nevada. 

La tercera Trinity Church, el edificio actual, se consagró en 1846 como uno de los mejores ejemplos de arquitectura neogótica en los Estados Unidos. La capilla de todos los Santos se añadió en 1913. 

El exterior, de piedra arenisca rosácea se distingue fácilmente por su bella torre de sección cuadrada y por su aguja de 85 metros de altura, que ahora parece empequeñecida pero que dominó los tejados de las casas vecinas hasta 1890, cuando se levantó el New York World Building que, con sus 94 metros, cambió el horizonte de la ciudad ( en 1955 fue demolido para ampliar la entrada al puente de Brooklyn).

Distrito Financiero- Trinity-Church

Hoy en día, la Trinity Church es uno de los propietarios comerciales más grandes de la ciudad de Nueva York.

El cementerio anexo proporciona un poco de calma en medio de tanto ajetreo. En este pequeño oasis verde y sombreado están enterrados varios neoyorquinos ilustres, entre los que destacan Alexander Hamilton, considerado como uno de Padres Fundadores de la nación y una de las figuras más relevantes de la historia de Estados Unidos, que murió en un duelo con el vicepresidente Aaron Burr, Francis Lewis,  uno de los firmantes de la Declaración de Independencia  o la de Robert Fulton, el inventor del barco de vapor. La lápida más antigua  corresponde a la sepultura de Richard Churcher, muerto en 1681. La gran cruz del camposanto está dedicada a Caroline Webster Schemerhom Astor, la reina de la alta sociedad de principios del s. XIX.

La Trinity Church es una de las iglesias más ricas del mundo, ya que por acuerdos que se cerraron en su origen, sigue siendo propietaria de varios terrenos de los alrededores, siendo muchos de ellos zonas comerciales que generan unos beneficios generosos.

Bowling Green

En 1733 , el césped de este antiguo parque ovalado (el más antiguo de la ciudad)  era utilizado por los aristócratas de las viviendas cercanas para jugar a los bolos,  pagando “un grano de pimienta”, como modesto arrendamiento a la Corona Inglesa.

La verja de hierro que lo rodea es la original de 1771, aunque las coronas que la remataban fueron saqueadas durante el fervor revolucionario, al igual que la estatua del Rey Jorge III, echada a bajo por una enfurecida multitud alentada por el fervor revolucionario de 1776.  El hierro obtenido fue fundido y convertido en balines de mosquetón. Simbólicamente, se trataba de pequeños trozos del monarca disparados a sus propias tropas durante la Guerra de la Independencia. 

Antes de que eso pasara, el lugar había sido escenario de uno de los acuerdos comerciales más célebres de la historia, cuando Peter Minuit, primer gobernador de la colonia holandesa de New Amsterdam pagó a los nativos el equivalente a 60 florines (unos 24$)  por la compra de la isla de Manhattan. Un territorio que, por otra parte, tampoco era de su propiedad.

La entrada norte al parque está custodiada por la estatua de un toro en actitud de embestir, el “CHARGING BULL”,  del escultor italiano Arturo di Modica, un bronce  de 3200 kg, que en 1989 fue misteriosamente colocado frente a la Bolsa de Nueva York. Sin pretenderlo,  el toro pronto se convirtió en un icono de Wall Street.

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Hoy en día, en lugar de la estatua del Rey Jorge III hay una gran fuente, a la que acuden los oficinistas de la zona a almorzar.  

CHARGING BULL.  El creador del enorme Toro Embistiendo, Arturo di Modica,  esculpió la obra en su taller del Soho y, una noche de diciembre del 89, lo depositó discretamente frente al edificio de la Bolsa de Nueva York a modo de regalo para la ciudad. Entonces no se trataba de un símbolo de la eterna lucha del mercado (eso llegó más tarde), sino la contribución  de un artista que no tenía otro lugar para guardar su colosal creación.

El gesto no gustó mucho a las autoridades, que ordenaron inmediatamente que se lo llevaran de ahí. El problema era que pesaba demasiado, por lo que se quedó allí lo suficiente como para que los vecinos se encariñaran con él. Con el tiempo, el Ayuntamiento lo recolocó definitivamente en Bowling Green.  

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El toro embistiendo de Arturo di Modica, hito del Financial District desde finales de los 80.

Battery Park 

Situado en la punta sur de Manhattan, este luminoso y aireado parque de unas 10 hectáreas es un refugio para los numerosos oficinistas que buscan un lugar agradable para escapar del bullicio del Distrito Financiero.

BATTERY PARK ofrece vistas panorámicas de la Estatua de la Libertad, la bahía de Nueva York y, sobre todo, de la enorme variedad de rascacielos del Distrito Financiero. Sus sinuosos senderos están salpicados de monumentos conmemorativos. Entre otros están las rosas del Hope Garden, dedicadas a las víctimas del sida, las páginas de piedra del Nueva York Korean War Memorial o el águila que recuerda las Segunda Guerra Mundial con las fechas americanas: 1941-1945.

Battery Park - Distrito Financiero

Battery Park, custodiado por los enormes rascacielos del Distrito Financiero.

Battery Park - Distrito Financiero

Castle Clinton National Monument. Vistas desde el Battery Park

La fortificación lleva el nombre del alcalde que reforzó las defensas portuarias, DeWitt Clinton. En cuanto a Battery Park, su nombre lo recibió por las baterías de cañones que se instalaron allí.

El edificio principal de Battery Park es el CASTLE CLINTON, el único fuerte que existe en Manhattan. Fue construido entre 1808 y 1809 con fines defensivos, es decir,  para proteger a la ciudad contra los ataques de la marina británica en la guerra de 1812. Sus 28 cañones nunca fueron disparados y, finalmente,  a lo largo de su historia ha desempeñado muchas más funciones: en 1823 fue reutilizado como parque de atracciones, recibió a casi 8 millones de inmigrantes entre 1855 y 1890 (antes de Ellis Island) , acogió el acuario de Nueva York entre 1896 y 1940 y más recientemente ha albergado obras de teatro y conciertos.

En la actualidad, esta ciudadela circular se ha convertido en Monumento Nacional y ya no sirve para proteger. Ni si quiera tiene demasiado interés si uno no es aficionado a la historia o a la arquitectura militar.  La mayoría, llegan hasta aquí con el único propósito de conseguir o canjear las entradas para el ferry que lleva a la Estatua de la Libertad y a la Isla de Ellis.

South Street Seaport

Esta pequeña cuadrícula de calles peatonales se ha conservado como distrito histórico (fue el puerto marítimo más importante del país entre finales del S.XVIII y principios del s.XIX). Es más comercial que histórico, pero es conveniente tener los ojos bien abiertos y no perderse los hermosos y poco frecuentes edificios que se han conservado en esta zona.

Fulton Street es la calle principal del barrio. Los vestigios de su pasado marítimo son hoy el hogar de restaurantes, tiendas y zonas de ocio.  Aquí se encuentran los edificios de obra vista conocidos como Schermerhorn Row que fueron construidos como almacenes entre 1811 y 1812 .

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Vistas desde el Pier 17

En una de ellos, se encuentra el pequeño museo de South St Seaport, que además de exponer la historia del barrio, permite el acceso a los barcos y veleros históricos que están atracados en el East River. En el 209 de Water St. el museo incorpora dos comercios únicos Bowne Printers, la recreación de una imprenta tradicional, donde se puede aprender sobre el complicado proceso de impresión  en el pasado y Bowne & Co Stationers, una tienda histórica donde encontrar recuerdos y regalos originales. Ambos están abiertos al público en general, sin necesidad de pasar por el museo.

en frente de estos comercios históricos está el TITANIC MEMORIAL, un faro levantado en 1913 como homenaje a las víctimas del barco siniestrado.

Ya en el East River, la explanada del piso superior del Pier 15 es ideal para descansar un ratito. Desde sus bancos se contemplan unas vistas magníficas sobre el puente de Brooklyn, el río y el Downtown.  El Pier 17 es un complejo comercial con tiendas, restaurantes y terrazas con grandes vistas.

Museos en el Distrito Financiero

SKYCRAPER MUSEUM

El Museo de los Rascacielos celebra el rico patrimonio arquitectónico de la ciudad en este estupendo espacio, que explora el mundo de los edificios altos a través de exhibiciones, programas y publicaciones, incluyendo a los individuos que han dado forma a los sucesivos horizontes de la ciudad. 

39 Battery Place. 

NATIONAL MUSEUM OF AMERICAN INDIANS

Situado en la antigua US. Custom House, el Museo recorre la historia de los nativos americanos, a través de una vasta colección de arte y artefactos de casi todas las tribus nativas de las Américas. Sorprendentemente, más de un millón de objetos de la colección permanente fueron recopilados por un solo hombre: George Gustav Heye (1874-1957), que viajó durante sus últimos 50 años por toda América. La entrada es gratuita.  

1 Bowling Green.

NEW YORK CITY POLICE MUSEUM

El Departamento de policía más grande y famoso del mundo se enorgullece de sus logros. Y desde 1998, el Museo de la Policía de Nueva York se dedica a preservar su historia a través de sus exposiciones, colecciones y programación educativa, aunque seguramente lo que más interese al gran público sean los historiales de detención de criminales famosos, las armas, incluyendo la que usó la banda de Al Capone para asesinar a Frankie Yale o una breve introducción a las ciencias forenses. En el Hall of Heroes del NYPD hay un homenaje a los 23 agentes de policía que murieron en el ataque al World Trade Center.  

 100 Old Slip.

El Distrito Financiero en el mapa

Desgraciadamente, de todos los lugares emblemáticos en este extremo de la isla de Manhattan, hay uno que destaca por encima de los demás, tanto literal como metafóricamente. Se trata de la Zona 0, la que el 11-S de 2001 se convirtió en el aterrador epicentro del mundo…

EL DISTRITO FINANCIERO (II)

El ferri de Staten Island

Ferri de Staten Island

Es una suerte que exista el transbordador de Staten Island. No sólo porque sea la única conexión con Manhattan, sino porque garantiza que este distrito se cite al menos una vez en las guías de viaje.  “Gratis” es la palabra que destacan todos los autores, alabando las vistas que este viaje de tarifa cero ofrece entre las dos islas.

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Ferri de Staten Island con el perfil de la Estatua de la Libertad y el Skyline de New Jersey al fondo (Fotografía de Grandriver, de Getty Images Signature)

Nueva York no es un destino barato y una de las pocas opciones para poder descubrir alguno de sus tesoros sin gastar nada es el transbordador de Staten Island, un ferri gratuito que permite disfrutar de unas vistas espectaculares del Skyline de Manhattan y de la Estatua de la Libertad.

Hasta hace poco, más allá del paseo en el transbordador, no había más motivo para que el turista abandonara la ciudad más excitante del mundo para visitar un aburrido distrito dormitorio, pero puede que con la apertura de los Empire Outlets y la posibilidad de hacer unas compras a precios rebajados, más de uno se sienta tentado a hacerlo.

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El trayecto entre las dos islas ofrece unas vistas excepcionales sobre el bajo Manhattan y la Estatua de la Libertad. En el trayecto de ida, la estatua queda a la derecha, mientras que en el de vuelta queda a la izquierda. Si lo que quieres es sacar buenas fotos del perfil elevado de la ciudad, quédate en la entrada al barco

El puente de la muerte

VISITA A LA ZONA DE EXCLUSIÓN DE CHERNÓBIL

El Puente de la Muerte, en Prípiat

Antes de entrar en Prípiat, hay que cruzar el “PUENTE DE LA MUERTE”, uno de los lugares más legendarios y controvertidos de la zona de exclusión. Situado a la entrada de la ciudad fantasma y a apenas 2 km de la Central Nuclear, es un paso elevado por encima el ferrocarril que conecta las instalaciones de la central nuclear con la estación de ferrocarril Janov. 

Sobre él se extiende uno de los mitos más populares sobre Chernóbil, según el cual, la misma noche de la explosión del reactor, algunas personas, movidas a partes iguales por la ignorancia del peligro y la curiosidad,  se acercaron al puente para ver el incendio de la planta, ya que desde ahí se obtenían unas buenas vistas sobre la central.  Como resultado, todos recibieron dosis letales de radiación al ser bombardeados por las invisibles partículas radiactivas que fueron arrastradas por el viento.

Chernobyl hbo el puente de la muerte

Como suele pasar con este tipo de historias populares, el mito y la realidad se entremezclan creando un relato difuso.

Así se escenifica en Chernobyl (HBO), que aprovecha el mito del Puente de la Muerte para apelar a las emociones del espectador. Como veremos, la información contrastada no alcanza una verdad incuestionable, por lo que los guionistas optó, simplemente, por una interpretación más dramática.

Siempre que no afecte a la esencia de la verdad, esto debe aceptarse como sensato, e incluso conveniente para mantener el interés de la audiencia.

Pero más allá de licencias cinematográficas, la lógica deductiva tiende fácilmente a desmontar el mito.

Desmontando el mito sobre el Puente de la Muerte

Se estima que inmediatamente después del accidente, los niveles de radiación en el puente ascendieron hasta los 5.000.000 μSv/h ( el nivel atmosférico normal es de unos 0,3 μSv/h). Teniendo en cuenta que alrededor de los 7.000.000 μSv/h, la dosis recibida puede resultar letal, se deduce fácilmente que cualquier persona que permanezca en el puente durante una hora y media  tendría una probabilidad muy alta de morir a causa de la radiación. Hay que decir, sin embargo, que cada persona tiene una tolerancia diferente a la radioactividad. Algunas pueden sobrevivir al doble de la dosis letal, mientras que para otros sólo la mitad de ella puede resultar fatal.

Uno de los mejores lugares para observar la planta nuclear desde Prípiat es el puente. Además, está situado un poco más alto que el terrero que lo rodea, lo que lo convierte en un perfecto mirador. Tanto la proximidad del puente a la ciudad como el hecho de que desde este sea visible la central siniestrada, son los principales argumentos para pensar que allí se agruparon curiosos.

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El Puente de la Muerte, después de abandonar Prípiat (foto tomada en diciembre del 2021). Incluso después de los trabajos de liquidación del accidente, el puente permaneció contaminado. 

Ahora bien, El accidente ocurrió de madrugada, cuando la ciudad dormía. Básicamente, sólo los trabajadores de la central y el personal de emergencias y sus familias sabían que había pasado algo. El resto de la población no se enteró del siniestro hasta el amanecer. A partir de aquí, es lógico pensar que nadie visitara el puente durante la noche.

De buena mañana se midieron los niveles de radiación en la ciudad y entonces se supo que el puente era altamente radiactivo. Con esa información, que únicamente conocían las autoridades, ya que inicialmente se dijo a todo el mundo que la población estaba segura, se dispuso una patrulla policial a cada lado del puente, que sólo permitía la circulación a vehículos. Nadie podía atravesar el puente andando, y mucho menos quedarse ahí durante un rato.

No existe ningún documento o testimonio que hable explícitamente de irradiados en esa localización, y menos aún de muertos, pero sí que se sabe que hubo patrullas custodiando a ambos lados del puente y que, de ellas, la que recibió la dosis más alta de radiación fue la que estaba en el lado más cercano a la central nuclear. Se desconoce cuanto tiempo permanecieron allí o si se hicieron relevos, pero aquí sí que es lógico pensar que con el tiempo, las dosis recibidas pudieran ser letales para los agentes.

Aunque está ampliamente aceptado que el fuente fue una frontera entre la vida y la muerte, lo cierto es que no hay evidencias de ello, más allá de los que se encargaron de custodiar el puente. El único hecho por el que se habría adoptado el  sobrenombre de Puente de la Muerte sería el hecho de que más de 1.000 autobuses lo cruzaron durante la evacuación de Prípiat. Aún así, cruzarlo no lleva más de medio minuto, lo que no es suficiente para afectar a las personas de manera letal.

Greenwich Village

GREENWICH VILLAGE

Greenwich Village

El hecho de que las calles de Greenwich Village no sigan el característico diseño cuadriculado de las calles de Manhattan se debe a que el barrio ya existía en 1811, cuando se aprobó el plan urbanístico por el que las calles seguirían un entramado de calles y avenidas por toda la isla. Los lugareños de entonces se opusieron tozudamente al nuevo trazado, por lo que al oeste de la 6ª avenida, las calles continuaron siendo tal como eran.

Greenwich-Village

Esta zona, en otros tiempos un símbolo de todo lo artístico y bohemio, es el lugar perfecto para pasear ya que sigue conservando un aire genuino diferente al del resto de la ciudad.

La tercera avenida separa el East Village de Greenwich Village, donde las desordenadas calles de casas bajas abren paso a los desahogados paisajes del Hudson River. Los lugareños. En oposición a su igual de vibrante vecino, muchos lugareños se refieren a todo lo que queda al oeste de la Sexta Avenida como West Village.  

El reconocimiento del  barrio como enclave creativo se remonta a principios del s.XX., cuando varios artistas y escritores se instalaron aquí. Desde entonces, el barrio ha sido un refugio natural para creadores y espíritus críticos. 

De la larga lista de quienes han pensado, compuesto música, pintado o escrito aquí, muchos han alcanzado renombre universal, como Thomas Wolfe, Jackson Pollock, Mark Twain, Bob Dylan, Jimmy Hendrix, Margared Mead, John Dos Passos, Dylan Thomas, Allen Gingsberg o Jack Kerouac.

Y aunque ya hace mucho tiempo que desaparecieron los apartamentos, estudios o talleres a precios económicos y actualmente son muy pocos los artistas o escritores que hoy en día pueden permitirse el lujo de vivir aquí, el Village sigue lleno de reminiscencias de su pasado bohemio.

Greenwich Village está lleno de agradables sorpresas y, sin duda, el mejor modo de visitar el barrio es a pie, paseando por sus sinuosas calles, en las que nunca se sabe lo que uno se va a encontrar. Y el punto de partida debería ser su corazón simbólico, Washington Square, el lugar de reunión favorito de artistas callejeros, paseantes de perros, jugadores de ajedrez, turistas y estudiantes de la vecina New York University. 

De noche, el ambiente recuerda al de Montmatre o al de Sant Germain des Prés en Paris, donde los turistas se mezclan con los artistas, intelectuales y estudiantes llenando cafes,  teatros y clubs nocturnos. 

Washington Square, el jardín bohemio del Greenwich Village

Presidido por el imponente Washington Memorial Arch, construido en 1892 para conmemorar el centenario de la inauguración presidencial de George Washington, este pequeño parque de apenas 4 hectáreas, es uno de los espacios verdes más utilizados en Nueva York.

Se encuentra al pie de la quinta avenida y su monumental arco es la entrada más apropiada a la famosa arteria. 

Antes de ser remodelada en 1826, la ciudad utilizó este antiguo terreno pantanoso como campo de entrenamiento para las milicias voluntarias de la ciudad y como cementerio para pobres e indigentes, en su mayoría víctimas de fiebre amarilla. También se realizaban allí los duelos y se ejecutaban las sentencias de muerte en la horca. 

En torno al olmo grande de la esquina noroeste del parque, el llamado Olmo de los ahorcados, hay una leyenda según la cual de ese viejo árbol, en otros tiempos, pendían los ajusticiados en público.

Después de su transformación en parque, una vez nivelado y ajardinado, se le dio un nuevo uso como patio de armas, lo cual confirió un estatus privilegiado al área y ayudó a elevar el valor de las propiedades inmobiliarias que la rodeaban. 

En los años 30, Washington Square North era un enclave residencial de moda,  con casas señoriales de ladrillo rojo, como las 12 de estilo neoclásico conocidas como “The Row”, en, donde se alojaron personas tan notables como Richard Morris Hunt, Henry James o John Dos Passos, que escribió Manhattan Transfer mientras vivía en el nº 3.

La novela Washington Square, de Henry James, describe la vida de la aristocracia local en aquellos tiempos.

En 1870, lo que para entonces era una zona degradada, se transformó en un elegante parque diseñado por estrechos colaboradores de Frederick Law Olmsted (Central Park). Y aunque desde aquellos tiempos el parque ha sido remodelado varias veces, los elementos del proyecto de 1970 aún son evidentes en el Washington Square de hoy, como la elegante fuente que permanece en el corazón del parque

En 1889, los líderes cívicos y culturales de la ciudad planearon un espectáculo para conmemorar el centenario de la investidura de George Washington como primer presidente de los EE.UU. Para asegurarse de que los desfiles del Centenario pasaran cerca de Washington Square, se encargó al arquitecto Stanford White el diseño de un arco del triunfo temporal para la ocasión. Adornado con banderas y coronado por una antigua estatua de madera de Washington, el arco de papel maché y yeso blanco de White causó sensación. Recibió tales elogios que al cierre del Centenario, el arquitecto recibió el encargo de diseñar una versión permanente en mármol para colocarla en el parque.

El nuevo monumento seguiría los modelos romanos y el Arco del Triunfo de París, construido medio siglo antes.

En el lado norte de Washington Square residían escritores y artistas (Mark Twain, Henry James y Edith Wharton, entre otros), pero el lado sur parece ser que no tenía nada de bohemio. A principios del siglo XX, la escritora Djuna Barnes describió la diferencia entre el lado norte y el sur de Washington Square en estos términos: “satén y automóviles a un lado, inmundicia y carretillas en el otro”.  Incluso hoy en día, la plaza sigue separando dos barrios bien distintos. En el lado norte, cerca del arco que conmemora el centenario presidencial de George Washington, las calles son tranquilas, arboladas y aristocráticas, mientras que en dirección sur el ambiente es más étnico y mundano.

Con el tiempo, el vecindario de Washington Square se estableció como corazón del Village y centro de emergente comunidad bohemia joven. Artistas, escritores y radicales de todo el país se instalaron en Greenwich Village y el área central alrededor de la fuente de la flamante plaza floreció como un espacio de actuación que palpitaba todo tipo de música y otras expresiones culturales y reivindicativas. Cantautores como Joan Baez y Bob Dylan explotaban allí su música folk mientras que Allen Ginsburg y otros poetas beat recitaban sus obras.

A su vez, la plaza absorbía el apoyo a las causas del trabajo, el pacifismo y los derechos de las mujeres. 

En la actualidad Washington Square sigue siendo el indiscutible corazón del barrio y se ha convertido en el campus “oficioso” de la NYU, a la que pertenecen muchos de los edificios que la rodean. Con la llegada del buen tiempo, la plaza  se llena de vida, ofreciendo sosiego al estresado habitante de la gran ciudad, descanso a los estudiantes de la omnipresente Universidad de Nueva York, una plataforma pública para artistas incipientes o un decorado para una gran película.

Washington-Square-Park.-Greenwich-Village

 No hay mejor lugar para ver el Nueva York auténtico que Washington Square, un auténtico imán que atrae a visitantes de todo el mundo.

Alrededores de Washington Square

De establos a residencias de lujo

Detrás de Washington Square North, entre University Place y Firfth Avenue, surge una pequeña calle empedrada en la que, en otros tiempos, hubo establos y viviendas de los sirvientes de las grandes mansiones de la parte norte de Washington Square. Hoy estas casitas que bordean Washington Mews parecen fuera de lugar en medio de la gran ciudad, pero su encanto y su particular intimidad ha atraído a artistas, escritores y actores desde que en 1916 fueron reconvertidas en viviendas independientes. Hoy en día, la mayoría de casas son propiedad de la Universidad de Nueva York y son utilizadas por su personal.

McDougal Alley es también un pasaje lleno de encanto del que sólo se puede disfrutar de él a través de una verja, puesto que es un callejón privado. Igual que su calle vecina, los antiguos establos fueron transformados en casas adosadas, que a la vez fueron reconvertidos en estudios para artistas. En 1907, la famosa escultora Gertrude Vanderbilt abrió en el número 19 la galería de arte que terminó siendo la precursora del Whitney Museum of American Art. 

Triangle Shirtwaist Factory o la tragedia del Brown Building

El edificio de diez plantas que actualmente ocupa el 23-29 de Washington Place fue terminado en 1901 y, originalmente, albergó tiendas en la planta baja y fábricas a partir de la segunda planta.

Allí tuvo lugar, el 25 de marzo de 1911, el mayor desastre industrial en la historia de la ciudad. Aquella tarde se incendió el octavo piso de la Triangle Shirtwaist Garment Factory, uno de los talleres clandestinos más notorios de la ciudad. Una terrible combinación de telas inflamables, puertas cerradas, escaleras de incendios colapsadas y la incapacidad de las escaleras de los camiones de bomberos para llegar más alto que el sexto piso, significó el fallecimiento de 146 personas, casi todas mujeres jóvenes e inmigrantes. Algunas contaban con tan sólo 13 años.

La fábrica estaba ubicada en los pisos octavo, noveno y décimo del, por aquel entonces, edificio Asch, donde trabajaban unas quinientas personas, la mayoría mujeres y niñas jóvenes que cosían sin apenas descanso y en condiciones precarias.

Incendio Brown Building New York

The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Photography Collection, The New York Public Library. (1908). Group waiting at Ellis Island Retrieved from https://digitalcollections.nypl.org/items/510d47d9-a960-a3d9-e040-e00a18064a99.

 

Tras el incendio, el edificio fue renovado y vendido a Frederick Brown, que lo alquiló a la cercana Universidad de Nueva York. Más adelante, en 1929 Brown lo donó a la NYU,  quien le cambió el nombre en su honor.

Tres placas en una esquina del edificio recuerdan a los hombres y mujeres que perdieron la vida en el incendio. 

La chispa de una cerilla o la colilla mal apagada de un cigarrillo encendieron un contenedor lleno de recortes de tela situado en el octavo piso. El material, altamente inflamable, originó un violento fuego que consumió en muy poco tiempo toda la planta.

El rescate fue un caos. Las trabajadoras de la 10ª planta lograron escapar hacia el tejado, no así las de la octava y novena que quedaron atrapadas. La puerta de salida estaba cerrada con llave, un método que utilizaban los propietarios para evitar que los empleados tomaran descansos no autorizados o evitar hurtos.

Algunas, sin otra forma de escapar de las llamas, saltaron desde las ventanas a la calle, treinta metros más abajo. Los transeúntes, horrorizados no pudieron hacer nada más que mirar. La desvencijada escalera de incendios también colapsó, arrojando a más personas al vacío. El resto, murió por quemaduras o por inhalar el denso humo.

El suceso resonó más allá Greenwich Village y la indignación popular dio forma a una nueva visión del mundo laboral en la que los trabajadores empezaron a exigir derechos.

Una semana después, miles de dolientes desfilaron por la Plaza en solemnes y llorosas procesiones.

En el desfile del Día del Trabajo de 1912, 20,000 trabajadores, una cuarta parte de ellos mujeres, marcharon por la Quinta Avenida para mejorar las condiciones laborales.

A raíz del accidente, las autoridades adoptaron una serie de medidas para garantizar la seguridad contra incendios y mejorar las condiciones de trabajo. Además, las trabajadoras de la confección se organizaron en un  Sindicato que exigió justicia para las víctimas del incendio.

MacDougal Street: Música y espectáculo en el corazón del Village

Desde el  Caffe Reggio, donde presumen de ser la primera cafetería de EE.UU en servir un Capuccino, hasta Minetta Tavern, un clásico de la hamburguesa en Nueva York, MacDougal Street alberga una buena cantidad de locales históricos. Las placas conmemorativas salpican las fachadas e interiores de unos cafés y restaurantes que apenas han cambiado desde mediados del s.XX.

El sitio con más historia en la calle es quizás el Cafe Reggio, cuyos primeros dueños aseguraban haber importado el “capuccino original”. Desde 1927 se enorgullece de ser el cafe más popular de Greenwich Village, que en su día acogió a los líderes del movimiento, incluidos Kerouac y Ginsburg. Sus mesas al aire libre son perfectas para tomar un refresco en verano.

Al lado, el Comedy Cellar por el que, desde que abrió sus puertas en 1982,  han pasado, y siguen pasando cada noche, los mejores humoristas de Nueva York, algunos tan conocidos como Seinfield.

Cafe-Wha-Greenwich-Village

Allen Ginsburg  era uno de los ilustres clientes del Cafe Wha?.

En el cruce con Minetta Lane se encuentra el Cafe Wha?  Su mítico escenario ha adornado el talento musical de grandes íconos como Jimi Hendrix, Bruce Springsteen y Bob Dylan. No tiene el empuje de aquellos tiempos, pero el local sigue siendo un buen sitio para escuchar buena música en directo mientras se toma una hamburguesas o un cocktail.

En frente está la Minetta Tavern una de las históricas referencias para comer algo por la zona, aunque es caro y, para muchos, sobrevalorado. Su interior está decorado con fotos de las celebridades que han visitado el local.

El infame Gaslight Café abrió sus puertas en 1958 en el sótano de 116 McDougal St., y durante su funcionamiento fue un lugar bastante legendario en Greenwich Village. Desgraciadamente para los fans de Marvelous Miss Maisel, el Club ya no está, ya que cerró sus puertas en 1971.

Durante las décadas de 1920 y 1930, la bodega había servido como un bar clandestino para una clientela mayoritariamente gay y literaria.  Más adelante, en 1957, un hombre llamado John Mitchell vio potencial para que el lugar se convirtiera en un café bohemio subterráneo, centrado en la poesía, el arte y todo lo creativo. En su apogeo, poetas famosos como Allen Ginsberg, Jack Kerouac, o Bob Kaufman recitaron para su público. El 6 de septiembre de 1961  Bob Dylan, que lo consideraba el mejor bar de la zona,  hizo su debut en el Gaslight Cafe: “tenía una presencia dominante en la calle, más prestigio que cualquier otro lugar”. Dylan incluso grabó un álbum llamado Live At The Gaslight en el club en 1962.

Puede que ya no exista, pero todavía se puede echar un vistazo a las escaleras y al local que inspiró The Marvelous Mrs. Maisel, la serie que recrea el club en su época dorada.

El Fat Black Pussycat original está a la vuelta de la esquina en la tranquila Minetta Street. En este paraíso beatnik fue donde supuestamente un joven Bob Dylan escribió e interpretó por primera vez  Blowin’ in the Wind  en 1962. Durante décadas, un viejo letrero permaneció en su sitio original, un lugar ocupado por un mediocre Panchito’s Mexican Restaurant desde la década de 1970, pero en 2011, el restaurante lo cubrió con pintura roja brillante, lo que provocó la protesta de los defensores de la preservación del pasado artístico de  la ciudad de Nueva York. 

En cuanto a los ilustres vecinos de esta calle, en  la intersección de MacDougal y Waverly Place vivió una de las residentes más famosas de la calle, Eleanor Roosevelt. Tras la muerte de su marido en 1945, Roosevelt, una neoyorquina de toda la vida, se mudó al apartamento que había comprado en 1942. Otro de los célebres inquilinos fue Bob Dylan, que se alojó durante un tiempo en el 92-94 de MacDougal St.

The Cage

Mucho más que una pista de baloncesto. Hoy en día es imposible encontrar jugadores de la NBA en estas pistas, pero el nivel que se exhibe en esta pista es sigue siendo tan alto como cuando se dejaban ver los jugadores de los Knicks en los 90. Básquet en estado puro.

Christopher Street y alrededores

Jefferson Market Garden

En el extremo este de Christopher Street, donde la 6th Ave se encuentra con Grenwich Avenue,  se puede disfrutar de uno de los jardines más bonitos de West Village, el Jefferson Market Garden, cuyos esmerados voluntarios mantienen los jardines hermosos e inmaculados durante todo el año para que aquel que lo desee pueda tomar un descanso, leer o pasear. 

Justo al lado, salta a la vista la Jefferson Market Courthouse, un interesante edificio victoriano que fue elegido como el quinto edificio más bello de Estados Unidos en 1885.  Hace ya mucho tiempo que dejó de utilizarse como sala de justicia, que fue para lo que inicialmente fue construido, para servir en la actualidad como biblioteca pública.

Patchin Place

¿Hay un enclave más encantador que Patchin Place en toda la ciudad?

Frente a la biblioteca hay una pequeña hilera de casas sombreado por árboles y  bloqueado al tráfico por una cerca de hierro forjado. Es un lugar romántico y en mal estado, pero mantiene todo el encanto de cuando fue el hogar de muchos escritores de principios del siglo XX.

En el número 5 Djuna Barnes , la escritora desconocida más famosa del mundo, como se definió a si misma, vivió recluida como una ermitaña durante sus últimos 41 años.  E. E. Cummings, que vivió en el número 4, solía preguntar por ella al grito de “¿Estas viva?”. Otros vecinos de Patchin Place fueron John Reed, que escribió aquí Diez días que estremecieron al mundo, Theodore Dreiser, John Masefield o Marlon Brando, quien vivió con su hermana Joselyn en 1943.

Pero además de inquilinos célebres, este pequeño rincón escondido de West 10th Street, entre Greenwich y Sixth Avenue, también contiene una increíble reliquia de la Nueva York del siglo XIX. En su extremo más alejado se encuentra la última lámpara de gas original de Nueva York que, con su diseño simple y elegante, todavía ilumina el callejón por la noche y acompaña al árbol de Navidad que los residentes colocan frente a él cada diciembre.  La lámpara ya no funciona con gas ya que en la década de 1920 fue adaptada a la tecnología de entonces, la electricidad.

Entre Waverly y Christopher, justo al oeste de 6th Avenue, hay una pequeña calle llamada Gay St., cuyo nombre, no tiene nada que ver con el movimiento, sino más bien lo adopta de alguno de sus primeros vecinos. Alguno, porque no está nada claro cuál de los Gays de la época prestó su nombre a la calle. 

Aunque ahora es estrecha, en sus primeros años de vida lo fue todavía más. En la década de 1830 se amplió, lo que requirió la demolición de algunos edificios en su lado este y la construcción de otros nuevos. Es por eso que las casas en el lado oeste datan de las décadas de 1820 y 1830, mientras que la mayoría de los edificios en el lado este son del estilo del Renacimiento griego, popular un par de décadas después.

Gay-Street-Greenwich-Village

 Aunque Gay St. es bastante corta, no se puede ver toda su longitud desde ninguno de los extremos debido a la curva que toma justo al sur de Christopher Street. 

Monumento al amor

En West Village, el ambiente gay se concentra en torno a Chistopher St., donde siempre se ha vivido con un poco más libertad que en el resto de la ciudad.

Antes de la década de 1960, casi todo lo relacionado con vivir abiertamente como lesbiana, gay, bisexual, transgénero o queer era ilegal. Y en Nueva York, las leyes contra las actividades homosexuales eran particularmente duras. En este sentido, el levantamiento de Stonewall es un hito histórico que dio impulso al movimiento en favor de los derechos civiles LGTBI+.

Gay-liberation-Stonewall-Inn-New-York

El grupo escultórico de George Segal “gay liberation” recuerda aquellos disturbios que se iniciaron en el Stonewall Inn y que dieron lugar al inicio del movimiento en favor de los derechos de la comunidad LGTB+. 

El 28 de junio de 1969 estallaron una serie de protestas violentas durante una redada policial en el Stonewall Inn, un conocido bar gay en Christopher Park. Unos disturbios que se extendieron a los vecindarios circundantes y que continuaron durante días. 

El levantamiento del Stonewall catalizó el movimiento en favor de los derechos civiles LGTBI+, lo que resultó en grandes avances para la comunidad. Actualmente, tanto la posada, como la calle son un símbolo internacional el Orgullo Gay. 

En 2016, Stonewall Inn (53 Christopher St.)  fue designado monumento nacional y sitio histórico del estado de Nueva York. 

Una placa en la puerta del Stonewall reza: “Los eventos que comenzaron en el Stonewall Inn en 1969 marcaron un cambio monumental para los estadounidenses lesbianas, gays, bisexuales, transgénero y queer (LGBTQ). Stonewall, que ocupaba 51-53 Christopher Steet, era un bar gay que fue allanado el 28 de junio de 1969. Los clientes y una multitud afuera resistieron, y las confrontaciones continuaron durante las siguientes noches en el cercano Christopher Park y en las calles adyacentes. Este levantamiento catalizó el movimiento de derechos LGBTQ, lo que resultó en una mayor visibilidad para la comunidad que continúa resonando en la lucha por la igualdad”.

El terreno privado más pequeño de Nueva York 

En la esquina Christopher Street con la Séptima Avenida hay un pequeño mosaico triangular en el suelo en el que se lee: “Property of the Hess Estate Which Has Never Been Dedicated For Public Purposes” (“Propiedad de Hess Estate, que nunca se ha dedicado a fines públicos”).

El triángulo es el resultado de la expropiación y demolición de docenas de edificios en la década de 1910 con motivo de la ampliación de la séptima avenida y de línea 1 del metro. Uno de ellos era un edificio de apartamentos conocido como Voorhis, propiedad de los herederos de David Hess. Como muchos otros propietarios, estos se resistieron a ceder su propiedad al Ayuntamiento, pero finalmente perdieron su batalla en los juzgados… Cuando el edificio fue derribado, no se sabe muy bien por qué razón, un topógrafo despistado se olvidó de registrar la esquina más oriental de la calle, de forma que un pequeño triángulo de terreno de poco más de un metro cuadrado siguió en posesión de los Hess.

La Ciudad intentó que estos entregaran voluntariamente ese pequeño pedazo de tierra, pero no solamente se negaron en rotundo, sino que el 27 de julio de 1922 instalaron la placa que indicaba que continuaban siendo sus propietarios.

La familia Hess vendió el triángulo a Village Cigars en 1938 por $ 1,000, quienes, junto con todos los propietarios posteriores, optaron por conservar esta peculiar pieza de la historia del Greenwich Village.

McNulty’s Tea & Coffee Co: 109 Christopher St. Prepárense para viajar en el tiempo a un lugar único donde se puede comprar toda clase de tes y cafés en un local que mantiene toda la esencia de cuando se fundó en 1895. La experiencia en si va más allá de la compra porque nada más entrar en la tienda, los sentidos cobran vida con la mezcla de los aromas que desprenden los sacos de café y las cajas de té procedentes de todo el mundo. 

Jardines privados de la Iglesia de St. Luke in the Fields

Los altos muros que recorren el perímetro de este pequeño y laberíntico oasis “secreto” en la parte posterior de la iglesia crean un refugio perfecto en el West Village para hacer un pequeño receso y desaparecer un rato. 

Grove Street

Justo enfrente de St. Luke´s in the Fields, Grove Street se dirige hacia Bedford Street. De camino, entre el 10 y el 12  está verja de la entrada a Grove Court, el hermoso patio interior rodeado de casitas bajas donde O. Henry desarrolló la acción de su novela corta La última hoja. Un “Private, No trespassing” sobre la verja de hierro forjado  frena el paso a los curiosos, aunque nada les impide mirar el interior desde lejos. Y es que los que pagan enormes alquileres por vivir en este lugar tranquilo y selecto no está dispuesto a compartir su jardín con los admiradores de O. Henry.

Un poco más adelante, en el cruce con Bedford Street está el apartamento de Rachel, Monica, Chandler y Joey en Friends.

Muy cerca se encuentra la “casa más estrecha de Nueva York” que cuenta con tan sólo 2.85 metros de anchura y media dirección, el nº 75 ½ de Bedford Street. A pesar de tener 3 plantas, únicamente dispone de tres habitaciones, dos baños y cocina (repartidos en un total de 139,5 m²). En 1923, la casa fue alquilada por un consorcio de artistas que la usaron para alojar a  los actores que trabajaban en el cercano Teatro Cherry Lane. Cary Grant y John Barrymore fueron algunos de los que se quedaron en la casa mientras actuaron allí. Una de sus últimas ocupantes, antes de que la casa fuera vendida en 2013 por 3.25 millones de dólares, fue la antropóloga Margaret Mead.

Bleecker Street

Podría decirse que esta es la calle principal del Greenwich Village, con una gran concentración de bares, restaurantes, tiendas y gente de todo tipo, aunque si lo que uno quiere es saborear el verdadero ambiente del Village (tranquilo, silencioso, distinguido y sobrio) es mejor recorrer la 4th street entre la 7th Ave y la 8th Ave, y tomarse un café, un vino o degustar una cena tranquila en alguno de sus pequeños locales.

La esquina de la 4th St. con la pequeña Jones Street es un popular lugar de encuentro para melómanos. Y es que en febrero de 1963 en esta calle se tomó la imborrable fotografía que ocupa una las portadas de álbum más reconocibles de todos los tiempos, la del segundo disco de Bob Dylan: The Freewheelin´ Bob Dylan, una obra maestra que recogía himnos tan universales como  Blowin’ in the wind. Eran tiempos en los que el trobador de Minesota se alojaba en el 161 West 4th St. con su novia de entonces Suze Rotolo ( en la foto, es ella la que agarra el brazo a Dylan).

Los amantes de la pizza tienen su santuario en  John´s of Bleecker St , en el 278 de Bleecker St., donde se sirve una de las mejores pizzas de la ciudad. 

Portada-freewheelin-Bob-Dylan

“Surgió de manera bastante casual; ciertamente no fue planeada ni producida de ninguna manera”, “Bob metió las manos en los bolsillos de sus jeans y se inclinó hacia mí. Caminamos a lo largo de Jones Street frente a West Fourth con Bleecker Street a nuestras espaldas”, recuerda Suze Rotolo en su libro de 2009 A Freewheelin’ Time: En el camino con Bob Dylan.

El músico dejaría a Rotolo por Joan Baez, pero Suze estuvo en el epicentro de la época más instintiva de Dylan, un periodo fundamental para entender su maravillosa obra.

Ubicado en la esquina de Bleecker Street y Barrow Street, sobre Five Guys Burgers and Fries y con vistas a la 7th Avenue , se encuentra un ático reconvertido en una coctelería clandestina llamada The Garret. No hay letreros que lo anuncien, sólo un neón con la palabra “Soul” en la ventana, y la única forma de acceder es a través del restaurante de comida rápida, dirigiéndose directamente a la parte de atrás y subiendo unas escaleras frente a las parrillas.

Ambos establecimientos pertenecen a propiedades diferentes y operan por separado, pero nada impide que pueden  funcionar en conjunto. Es más, se anima a los clientes a pedir su propia hamburguesa de Five Guys de camino hacia el salón fresco y peculiar de The Garret.

No es que sea un bar clandestino de los de verdad, de hecho, aparece en el Google Maps, pero la experiencia promete ser tanto diferente como divertida. 

Difícil de ver: West 11th St. cementery

Rodeado de edificios residenciales, justo al este de Sixth Avenue en W.11th Street, hay un pequeño terreno triangular cercado. Es fácil suponer que este corto tramo cercado sea la entrada ajardinada a un apartamento o tal vez un patio trasero, pero si uno presta atención en seguida da con un obelisco, dos tumbas de mesa y varias lápidas gastadas. Lo que se esconde tras la cerca es, en realidad, el cementerio más pequeño de Manhattan, suficientemente grande como para albergar unas 30 tumbas que bordean un camino de ladrillos gastados y cubiertos de musgo.

¿Y que hace aquí esta pequeña y extraña reliquia de un West Village que ya no existe?

El cementerio data de 1805 y es todo lo que queda del Segundo Cementerio de la Sinagoga Shearith Israel, una especie de anexo al cementerio principal, para aquellos que murieron de enfermedades contagiosas como la fiebre amarilla o la malaria, los que no tenían fuertes lazos con la congregación o personas que se habían suicidado.

Hasta 1825, Shearith Israel fue la única sinagoga de Nueva York y, por lo tanto, cubría los entierros de todos los residentes judíos de la ciudad. Después de 1823, cuando las ordenanzas de salud pública de la ciudad prohibieron más entierros allí, el cementerio de West 11th Street se convirtió en el único de la congregación y se usó de manera mucho más general.

Entre los enterrados aquí se encuentran el veterano de la guerra de la independencia americaricana , Ephraim Hart, y el célebre pintor Joshua A. Canter. Después de casi 200 años, gran parte de las escrituras en las lápidas son ilegibles.Hacia 1829, Nueva York estaba creciendo y el desarrollo del sistema de calles de “cuadrícula” resultó en que la ciudad tomara gran parte del cementerio para la creación de W. 11th Street. Esto requirió el desentierro de muchos de los enterrados en West 11th Street.

Más escenarios literarios

Dylan THOMAS tomó en la White Horse Tavern su última copa. El poeta irlandés se desplomó en esta taverna en el 567 de Hudson Street, la segunda más antigua de la ciudad, antes de morir en el cercano st. Vincent´s Hospital con tan sólo 39 años.

Edgar Allan Poe vivió durante un tiempo en el 137 de Waverly Place. Hacia el oeste por Waverly Place esta el edificio triangular del Northern Dispensary, en el que Poe y oros recibieron asistencia médica gratuita.

La isla de Ellis

LA ISLA DE ELLIS : HISTORIA Y VISITAS

La isla de Ellis

A partir de 1892, el papel de “puerta dorada” de Estados Unidos fue asumido por la Isla de Ellis.

Por toda Europa corrían las noticias sobre las oportunidades que ofrecía el Nuevo Mundo. Y en una época en la que el país, efectivamente, empezaba a experimentar los primeros éxitos de la revolución industrial y a revelarse como una potencia mundial, sus enormes instalaciones se convirtieron en el principal centro de inmigración de Nueva York y la mayor puerta de entrada a Estados Unidos.

Cuando, cinco años después, el edificio original de madera se quemó (y con él muchos registros de inmigración) , se construyó uno nuevo que abrió sus puertas el 17 de diciembre de 1900. Ese día, el nuevo y flamante complejo acogió a los primeros 2.251 recién llegados.

La isla de Ellis

La Isla de Ellis debe su nombre a Samuel Ellis, propietario de la misma hasta que en 1890 la vendió al Gobierno, que la convirtió en un fuerte para la defensa durante la guerra anglo-estadounidense de 1812.

Sombras sobre la puerta dorada que acontecen la pesadilla de los “desfallecidos y los pobres”.

Para la gran mayoría de inmigrantes, Ellis Island fue el último trámite en su camino hacia una nueva vida en un Nuevo Mundo lleno de oportunidades, pero para otros no fue más que una pesadilla.

Un año antes de su inauguración, se había publicado una nueva ley de inmigración, que definía de forma inequívoca a los que no eran bienvenidos, como por ejemplo personas con enfermedades contagiosas, sin recursos, disminuidos psíquicos, prostitutas, criminales e individuos de moral reprochable o políticamente incorrectos. La ley iba, precisamente, contra los “desfallecidos y los pobres”.

Y es que en la isla de las lágrimas, eran exclusivamente los pasajeros de clase baja quienes debían someterse a los exámenes médicos o a los incómodos interrogatorios. Y quien no superaba la criba era devuelto a su país de origen en el siguiente barco.

Solamente un 2% de los 16 millones de inmigrantes que pasaron por Ellis Island entre 1892 y 1924 fue rechazado. Y aunque “sólo” fue un 2%, lo cierto es que esa cifra esconde el desdichado destino de más de 300.000 personas, muchas de los cuales saltaron del barco intentando llegar a nado hasta Manhattan o, simplemente, se suicidaron. Cualquier cosa antes que volver a sus países.

Por aquel entonces, la ley obligaba a las navieras a retornar a los rechazados, así que, estas descartaban, ya en el país de origen, a aquellos que podían suponer un riesgo económico. Quien no tenía más dinero que el necesario para pagarse el pasaje o no estaba en buenas condiciones de salud ya no podía embarcar en Europa.

Los tiempos en que las “masas apiñadas” huían en los barcos ya eran historia.

Ellis Island. Edificio de inmigración

The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Photography Collection, The New York Public Library. (1902 – 1913). A view of the front facade, Immigration Station, Ellis Island. Retrieved from https://digitalcollections.nypl.org/items/510d47da-d827-a3d9-e040-e00a18064a99.

 

Inmigrantes en Ellis Island

The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Picture Collection, The New York Public Library. (1908). Immigrants at Ellis Island, N.Y Retrieved from https://digitalcollections.nypl.org/items/510d47e0-cd4f-a3d9-e040-e00a18064a99.

La isla de las lágrimas

Para los pasajeros de primera y segunda clase, la travesía de dos semanas por el atlántico finalizaba en los muelles del Hudson, ya que eran procesados en el mismo barco. La justificación era que si una persona podía permitirse un billete de primera o de segunda era poco probable que se convirtiera en una carga para el país. Así que tan pronto como eran despachados a bordo ya podían irse.

En cambio, a las 2.000 personas de tercera clase les esperaba un transbordador para llevarlos a la isla de Ellis. Y si las instalaciones estaban muy concurridas todavía debían resistir un día más en la estrecha y pestilente entrecubierta antes de lograr una plaza en alguno de los ferris que llevaban hasta la isla.  

Cuando, por fin llegaban, las escenas se tornaban dramáticamente confusas: la mayoría de familias llegaba hambrienta, sucia, escasos dinero y sin apenas hablar inglés.

Mientras circulaban, las multitudes eran observadas discretamente por médicos que intentaban detectar problemas evidentes de salud que justificaran un examen médico más exhaustivo que el rutinario. Mientras tanto, eran etiquetadas y colocadas en fila para ser conducidas, hombres por un lado, y mujeres y niños por otro, por la gran sala de registro hacia un gabinete de inspección sanitaria, donde se llevaba a cabo un escrupuloso examen médico.

Los que no lo superaban eran marcados con una cruz blanca en tiza sobre la espalda de la persona en cuestión y eran conducidos hasta la segunda planta, donde los médicos los examinaban a fondo en busca de enfermedades contagiosas o mentales.  Si se daba el caso, eran devueltos al barco.

Los “aptos” pasaban al programa de rutina, en el que los inspectores interrogaban a cada individuo sobre el lugar de origen, contratos u ocupación, documentación, cantidad de dinero que llevaban, cartas de presentación… A  los “dudosos” se les examinaba meticulosamente y se les preguntaba sobre sus creencias y aptitudes morales.  Polígamos, indigentes, criminales y anarquistas eran devueltos a sus países de origen.

Las mujeres no lo tenían precisamente fácil. No podían abandonar la isla sin la protección de un hombre. Además, si el funcionario de turno desconfiaba de su dirección de destino podía denegarle la entrada al país. Peor lo tenían las mujeres solteras embarazadas, que no eran bienvenidas por ser inmorales.

La ley no impedía la arbitrariedad en la isla de Ellis. Si un niño enfermaba durante la travesía, en el mejor de los casos la familia entera era puesta en cuarentena y, en el peor, se repatriaba a la madre y al hijo, mientras el padre se quedaba en el país. Y podía pasar mucho tiempo hasta que pudieran reunir suficiente dinero para pagarse un nuevo pasaje.

Particularmente caprichosos eran los criterios en cuanto a cuestiones políticas o morales. Un socialista incondicional, por ejemplo, podía ser acusado de agitador violento y ser declarado persona non grata

El proceso también incluía un cambio de nombre si el auténtico era difícil de pronunciar.

Si finalmente había ido todo bien, los inmigrantes eran conducidos a Nueva Jersey, a trenes que iban en dirección al oeste del país, o a Nueva York, para que se instalaran en cualquiera de los barrios étnicos en desarrollo.

Grupo de inmigrantes esperando en Ellis Island

The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Photography Collection, The New York Public Library. (1908). Group waiting at Ellis Island Retrieved from https://digitalcollections.nypl.org/items/510d47d9-a960-a3d9-e040-e00a18064a99.

 

Familia con 8 hijos en Ellis Island

The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Photography Collection, The New York Public Library. A family of seven sons and one daughter, Ellis Island, New York Retrieved from https://digitalcollections.nypl.org/items/510d47d9-a964-a3d9-e040-e00a18064a99.

Entre los inmigrantes que pasaron por Ellis Island  estaban el húngaro Erik Weisz (Harry Houdini), el italiano Rodolfo Guglielmi (Rodolfo Valentino) y el británico Archibald Alexander Leach (Cary Grant).

La puerta dorada se cierra

eA partir de 1921, la isla de Ellis fue perdiendo protagonismo. Las nuevas leyes sobre inmigración, mucho más conservadoras, pusieron fin a la era de las grandes inmigraciones. La puerta dorada se cerraba para los “menos deseados”, como muchos judíos orientales y católicos del sur de Europa. De hecho, tras la Primera Guerra Mundial y durante la “paranoia roja”, el edificio se habilitó como centro de internamiento para inmigrantes peligrosos para EE.UU.

Y mientras una puerta se cerraba, otra se abría para los ciudadanos de la Europa Central y del norte. Norteamérica podría seguir siendo lo que era: blanca, anglosajona y protestante. La estatua de la Libertad seguiría enarbolando su antorcha pero ya no volvería a ser testigo de las dramáticas escenas que se produjeron en Ellis Island.

Desde 1924 se decide en el país de origen de los inmigrantes quién es apto para atravesar la puerta dorada.

Ellis Island cerró definitivamente sus puertas en 1954 debido a los cambios en las leyes de inmigración y a los elevados costes de mantenimiento de las instalaciones.

Un dato:  se calcula que más de un tercio de los estadounidenses tienen al menos un antepasado que pasó por aquí.

Museo de la inmigración en la isla de Ellis

Museo de Ellis Island

Sala de Registro en el Museo de Ellis Island

 

El complejo permaneció en ruinas hasta mediados de los 80, cuando el edificio central inició una millonaria restauración y se acondicionó para volver a abrir sus puertas en 1990 como el flamante Ellis Island Museum of Inmigration. Cualquiera que se aventure en ferry hasta la isla se puede hacer una idea bastante ilustrativa de la experiencia de aquellos recién llegados, gracias a las elocuentes exposiciones interactivas, films y documentos que recuerdan que Estados Unidos es una nación de inmigrantes.  

Hoy, la masificación es de otro tipo. Y es que Ellis Island es visitada por miles de turistas cada día. El museo en sí está bien hecho y es muy poco comercial teniendo en cuenta lo fácil que hubiera sido tocar la fibra sensible y convertir a este lugar en una trampa para turistas.

Más de 100 millones de americanos pueden remontar sus raíces hasta la isla de Ellis. Especialmente para ellos, el museo es conmovedor.

Exposiciones